lunes, 15 de octubre de 2012

Una radio que hablaba alemán




UNA RADIO QUE HABLABA ALEMAN
En mi casa tengo una radio a válvulas. El gabinete es de madera maciza y mide casi medio metro de frente. No posee identificación ni escritura alguna, así que no sé la marca. Tampoco sé los años que debe tener. Pero seguro que son muchos, muchísimos. Y no es cualquier radio.
Me la regalo mi tío Serodino. Lo acompañaba cuando era jefe de estación en un pueblito de provincia, cuatro o cinco décadas atrás. La vida del ferroviario alarga las soledades y si la radio era una gran compañía en los días, tanto más en las noches de cielo y pampa. El tío repetía hasta el cansancio que escuchaba transmisiones de todos lados. Y aunque no entendía ni jota, decía que eran voces que le daban paz interior. Y entre enigmático y cómplice, explicaba que esas palabras habían sido fundamentales para su carrera.
Mi tío se trajo la radio consigo a Buenos Aires, cuando lo promovieron al puesto más alto al que pudiera aspirar un hombre del riel. En su despacho de la Estación Retiro escuchaba la radio, con un sonido metálico, lleno de frituras. No hubo subalterno ni familiar que lo convenciera de cambiarla. No hubo regalo modernizador que lo conmoviera. La radio, insistía el tío, era su guía espiritual.
Finalmente, Serodino se jubiló y se fue a su casa. Con la radio a cuestas, claro. Una tarde me llamó y con solemnidad, me informó que deseaba legarme la radio. También me habló de otras cosas. Al principio, no quise aceptar. No entendí que a su modo, se estaba despidiendo. Poco después, mi primo me llamó para darme la desgraciada noticia.
La radio era un armatoste bastante fiero. Con practicidad femenina, la legítima me urgió a tirarla a la basura. Pese a la agria discusión doméstica, terminó sobre el bahiut del living-comedor. No me animé a confesarle que, además de ser un recuerdo familiar, la radio tenía otras… digamos… virtudes. Pero no pasó mucho para que se manifestara el fenómeno del que tanto me aleccionó mi tío en la última charla.
Un sábado de mañana, hacíamos la limpieza. Yo pasaba los pisos y mi mujer lustraba el gabinete de madera. Y mientras frotaba una suerte de ojo de vidrio que está sobre el sintonizador, la radio empezó a transmitir. ¡Nos pegamos un julepe bárbaro! Siempre creímos que no andaba. Pero la sorpresa si hizo pavor cuando comprobamos que ni siquiera estaba enchufada. Y para terminar de desquiciarnos, no obstante que el discurso, distorsionado, latoso, salía en alemán, éramos capaces de entender perfectamente.
Con mucho de arenga, pero también de prédica y hasta de poema, la voz dijo ser un ermitaño que vivía en la montaña, acompañado de un águila y una serpiente. Se presentó a sí mismo como Zaratustra, un antiguo profeta, que había regresado para destruir los valores arcaicos del bien y del mal y engendrar así una nueva moral. El profeta proclamaba con vehemencia el ocaso de los dioses, más precisamente, vociferaba que Dios había muerto y que pronto estaba el surgimiento del superhombre, quien habrá de practicar una nueva escala de valores, una moral basada en la verdad y en la voluntad de poder. Antes de apagarse, la voz nos advirtió que solamente esa ambición de actuar los propios deseos, hará posible que el superhombre pueda vivir una vida plena, intensa, sobresaliente, al punto de querer repetir lo vivido, una y otra vez, una y otra vez.
Cuando se acalló el eco perverso, con la legítima nos quedamos temblando. Sólo se escuchaba nuestras respiraciones agitadas. Sin darnos cuenta, nos habíamos abrazado durante la sermoneada de Zaratustra. Nos miramos sin saber qué hacer. Un rato más tarde, repuestos ya del horror, sofrenamos el primer impulso de deshacernos de la radio. Aguardamos la próxima transmisión, con pánico pero también con esperanza.
En un día como hoy, pero de 1844, nacía en Alemania Federico Nietzsche, uno de los filósofos de mayor influencia en el pensamiento contemporáneo. En sus obras, embistió contra las ideas imperantes en la época, desafiando los valores establecidos, la cultura y aún la religión misma. Pasó poco más de los últimos diez años de vida recluido en instituciones mentales.
© Pablo Martínez Burkett, 2012