lunes, 22 de octubre de 2012

Siempre los estaremos esperando




EFEMERIDE 25 DE OCTUBRE
SIEMPRE LOS ESTAREMOS ESPERANDO
Hay quienes afirman que en la antigüedad ya fueron vistos. Los más piadosos los llamaron dioses; los blasfemos, simples luces en el firmamento. Los prudentes, erigieron altares y sacrificios de los que ya no se tienen memoria; los impíos, grabaron en la piedra numerosas advertencias para las generaciones futuras. La erosión de los años poco ha dejado de aquellas alertas sobre los objetos que vinieron del espacio. Menos queda de esos bólidos de fuego que cayeron sobre el planeta.
Pero tanto crédulos como escépticos no pudieron sentir el mismo terror que ahora nos corroe, porque para ellos, ¡oh, felices antepasados!, sólo fueron luces que caían desde el cielo. Ojalá todo hubiera seguido así, un enigma para la ciencia, un capítulo para la teología. Pero ese tiempo de venturosa inocencia jamás, jamás habrá de volver…
La luz apareció hace poco y se estacionó en una órbita cobarde. Su presencia acechante puede percibirse cuando las nubes se hacen menos densas. Las noticias lo describen como un cilindro gigante, con dos alas no menos colosales y un gran plato en el costado. En uno de los extremos, tiene una esfera y en el otro, una campana de la que sobresalen unos raros artefactos. Los ancianos no terminan de ponerse de acuerdo, pero se trataría de un sistema de propulsión. Es indudable que proviene de una inteligencia superior, capaz de un diseño que nuestra pobre tecnología no alcanza siquiera a imaginar. Hay quien arriesga que es la vanguardia de una conquista estelar.
Se ha suscitado una especie de psicosis colectiva. La presencia del intruso no es mero azar. De edad en edad, la sucesión de luces fue creciendo con vertiginosa frecuencia pero ahora… esto… esto es diferente. Sean divinidades o seres intergalácticos, saben que estamos acá. Retornan los antiguos dioses, dicen unos. Los emisarios ancestrales vienen a reclamar lo que es propio, se agitan otros. Aunque me niego a admitir que las profecías pudieran ser reales, en esta ocasión, tengo que conceder, hay testimonio suficiente. Es cierto que poco hemos hecho con nuestro planeta y que no hace falta levantar la mirada para contemplar la degradación del ambiente. ¡Pero es todo tan terrible!
Predicción o no, el gobierno ha dado las órdenes precisas y se hacen los aprestos para defendernos del mal que se avecina. Sin embargo, el horror se ha acelerado. Del ente orbital se desprendió la esfera. A diferencia de otras veces, sólo un ínfimo fuego acompañó su descenso a través de las capas superiores de la estratósfera, ¡ay nuestra vana esperanza de que se incinerara! Luego, prodigio tras prodigio, la bola se abrió en gajos, para dejar salir tres hongos colosales de los que pendía el artefacto escondido en esa pequeña estrella de la muerte. Era un cilindro más corto, asentado sobre un plato, que a su vez, se encastraba sobre una esfera, de cuyo ecuador brotaban unos tubos que se insertan en la circunferencia que le servía de base.
Por unos signos de color rojo en el fuselaje, los científicos han creído identificar la procedencia del agresor colonial. Se dictó una ley estricta. Todo el mundo debía guarecerse bajo la superficie. No obstante, unos valientes asomaron las antenas para ver cómo el pérfido engendro extendía un brazo mecánico y producía unos chasquidos. Al principio temimos lo peor, pero el calor y el peso de nuestra atmósfera hicieron lo suyo y el aparato quedó totalmente inutilizado. El invasor terrícola no duró ni una hora de ellos. Sabemos que no se darán por vencidos, pero siempre los estaremos esperando.
En un día como hoy pero de 1975, una nave alcanzaba por primera vez la superficie del planeta Venus. La astronave soviética Venera 9, lanzada en junio de ese año, estaba compuesta por un orbitador y un módulo de aterrizaje. Este módulo se separó e inició el descenso, auxiliado por tres paracaídas. Ya en suelo venusino, la sonda realizó diferentes mediciones y tomó un sinfín de fotografías, pero tras 53 minutos de exploración, fue destrozada por un calor de casi 500 ° centígrados y las 90 atmósferas de presión, peso semejante al que existe a un kilómetro de profundidad en nuestros océanos.
© Pablo Martínez Burkett, 2012