jueves, 4 de octubre de 2012

Cárceles




Para ingresar al Gran Museo Universal de las Prisiones, a los visitantes se les vendan los ojos en la puerta de entrada y desde allí son conducidos, a través de pasadizos, túneles, escaleras y elevadores, por guías discretos de manos suaves y pisadas silenciosas. El trayecto es lento y tortuoso, pero de pronto el visitante advierte que está solo, que ya no siente la leve presión de los dedos enguantados orientándolo, y tras unos momentos de desconcierto se quita la venda. Entonces comienza el verdadero recorrido, sin planos ni indicaciones de ningún tipo: la única manera verdadera de experimentar el Museo, insisten los folletos, es dejarse perder y avanzar a tientas, librándose al azar y el capricho. Ningún recorrido es igual a otro, nunca.
La estructura del Museo es confusa, y el encadenamiento de las distintas salas garantiza la sorpresa y el desconcierto. Ante los ojos maravillados de los visitantes se suceden celdas monacales, toros de tortura, mazmorras de piedra ablandada por el musgo, habitaciones tapiadas, pozos en la arena, nichos criogénicos, cavernas insalubres de vapores sulfurosos, damas de hierro, pesadas telarañas de cadenas, pinzas y grilletes, ollas a presión, efigies humanas inflamables, panópticos rigurosos, jaulas químicas de colores y sonidos estridentes. La inventiva parece superarse en cada recodo; el espectáculo podría no tener fin.
El verdadero alcance de estas impresiones, sin embargo, sólo llegan a comprenderlo quienes se extravían en las catacumbas del Museo. Una pendiente apenas perceptible, una rampa en espiral, una escalera empinada o un declive en falsa escuadra, que aparentaba ir hacia arriba y sin embargo... El espacio se abre, la perspectiva enloquece y la escala de las cosas se desquicia, entre luces y sombras de contornos abruptos. Es lo que los guías, entre murmullos, llaman (sin haberlas visto jamás) las Cárceles Imaginarias: un laberinto alucinatorio de puentes, corredores, escaleras a ninguna parte, maquinarias incomprensibles, arcos, puntos ciegos, ruinas y pasadizos, que se yuxtaponen unos a otros en una composición imposible e instauran su propio equilibrio inestable.
El visitante se extravía en esta construcción de pesadilla, que se abre y multiplica sin cesar. Se va adentrando cada vez más en sus entrañas de mortero, metal, piedra y ladrillos. De tanto en tanto, ve a lo lejos a otros como él, pero la distancia y la arquitectura que los separa son infranqueables. Continúa su recorrido. Sólo existe una dirección posible y es cada vez más abajo, más lejos de la luz del sol y las ciudades de la superficie, hacia el centro ilusorio de la tierra.

El 4 de octubre de 1720 nació en la República de Venecia el grabador, investigador y arquitecto Giovanni Piranesi. En sus grabados se representan construcciones reales y fantásticas, monumentos y objetos de la antigüedad romana y diseños originales para muebles y ornamentos. Su serie de las Prisiones imaginarias influyó profundamente en el Romanticismo, el Surrealismo, el cine y muchos artistas del siglo XX, como Escher. 

María Eugenia Alcatena