miércoles, 3 de octubre de 2012

Cabeza mortal, por Juan Guinot


Se encienden los motores, el rugido ensordece, hace que se te paren los pelitos del brazo, que achiques el pescuezo y quieras hacerte bien chiquito. La punta de acero va partiendo el aire, las nubes. La estela hace gris al cielo celeste y sangrante al sol. El primer cohete nazi, cabeza mortal, acaba de trepar cinco kilómetros y, antes de caer en picada, se ha ordenado la réplica en escala para provocar muerte masiva al otro lado del Canal de la Mancha, donde los tipos toman té y conducen sus vehículos al revés del mundo.
En la cabeza de la creación no habrá cerebro. Este hijo dilecto del hombre de la muerte, de piel de acero, tiene por materia gris casi una tonelada de algo que explota feo, muy feo. Con esfuerzo y en la cuesta, a los tipos, la producción le toma dos años. Trabajan cincuenta mil empleados esclavos, de los cuales, veinte mil, mueren en las líneas de montaje.
Entrado el año ´44 salen disparados las cabezas mortales, con sus colas de humo y los rugidos de averno. En Inglaterra las reciben, y se llevan, siete mil almas. Se inaugura, entonces, una era de destrucción sobre blancos civiles, operadas desde sillones distantes y pulcros, en los comandos playstation.
El padre de esa cabeza mortal empieza a negociar la salida del bando de los inminentes derrotados. Tiene dos opciones entre los Aliados. Inicia una negociación feroz y termina acordado con los del tío Sam.  Ellos, los hermanos grandes del Norte, saben cómo robar talentos que traen negocio grande, contante y sonante, sin preocuparse demasiado por el pasado.
Entonces, el padre de la cabeza mortal se pasa a las filas de su enemigo, ahora patrón y aliado, para vomitar todos los saberes de la muerte, esos conocimientos que mutan de bandera solo para seguir ganando la guerra que los de a pie, siempre perdemos.
La cabeza mortal es el cohete V2, parido al cielo del infierno un día como hoy, en el año 1942, por Wermher Von Braun, un nazi devenido en héroe de la NASA.