jueves, 18 de octubre de 2012

Enemigos íntimos



Cuando H. cumple doce años, su madre decide regresar a Munich para que él pueda cursar allí el secundario. Provisoriamente, se instala junto a sus hijos en una pensión modesta.
La ciudad y sus artefactos (las radios, los teléfonos, los automóviles) no impresionan a H. Tampoco la gente, tan parecidos unos a otros. Salvo uno: Klaus. Cuando él está en la pensión, todo se carga de electricidad. En ese hombre hay algo de agujero negro, de fuego urgente, de animal. En su habitación se ejercita sin descanso: entrena su voz, sus gestos, cada músculo de su cuerpo; lo delatan los golpes, las extensas declamaciones, los rugidos súbitos y cavernosos. Afuera, frente a los demás, alcanza su sola presencia para creer en su genio, y está siempre dispuesto a cubrir de insultos a quien lo ponga en duda.
Una tarde Klaus vuelve de la calle furioso. H. está leyendo en la sala y apenas lo ve pasar, ciego y raudo como un huracán. Klaus se encierra en el baño, aúlla, maldice, destruye todo lo que tiene a mano: los frascos, el espejo, los azulejos, las instalaciones. No come, no duerme ni deja dormir, no atiende órdenes ni pedidos. Durante dos días y sus noches sus gritos resuenan por la pensión, encadenándose en un monólogo sin pausa, una sucesión de insultos, quejas e imprecaciones. Su ira es profunda y tarda en consumirse.
Cuando finalmente se cansa, H. está ahí, a un costado de la puerta del baño, esperando. Por un instante observa la expresión en su rostro, disponible como un terreno arrasado, y la dureza de hielo ardiente de sus ojos, que se mantiene intacta. Comprende que en ese momento Klaus podría dar su mejor interpretación, y que tal vez no lo sabe. El actor va a la cocina, vuelve por el pasillo y se encierra en su cuarto sin reparar en su presencia. Ni siquiera sospecha que H. existe.
Unos días después, la familia de H. abandona la pensión.   
Mucho tiempo más tarde, con un guión de cine ya escrito, H. busca a Klaus. Viajan al  Machu Picchu, se sacan chispas y entablan una relación de amor-odio turbulenta y fructífera. A lo largo de los años que siguen filman juntos cinco películas, discuten, se insultan, se amenazan de muerte (varias veces), se abrazan, se buscan, se difaman, se admiran, se necesitan. Esta dinámica extrae lo mejor de cada uno, que en verdad es lo mejor de los dos. Klaus encarna a un traidor encendido en busca de El Dorado, un vampiro solitario de gestos anhelantes, un pobre soldado alienado por las humillaciones que recibe de sus superiores, un apasionado de la ópera resuelto a construir un teatro en medio de la selva amazónica, un traficante de esclavos incansable que arde hasta consumirse. Finalmente algo se quiebra; Klaus abandona intempestivamente un rodaje y ya no vuelven a trabajar juntos nunca más. 



El 18 de octubre de 1926 nació en la ciudad de Dánzig el actor alemán Klaus Kinski. Además de muchas otras películas, protagonizó Aguirre, la ira de Dios, Nosferatu, Woyzeck, Fitzcarraldo y Cobra Verde, dirigido por el director Werner Herzog. La intensa relación de amor-odio que se entabló entre los dos es legendaria. Herzog plasmó su versión en su documental Mi enemigo íntimo, de 1999, un homenaje a su amigo ya muerto y al compuesto, tan único como inestable, que formaban juntos.
  
 dibujo de Joaquín Bourdeu Barassi
texto de María Eugenia Alcatena