jueves, 2 de agosto de 2012

Carne negra de ciempiés



De pronto volví en mí y me encontré con la vista fija en la punta de mi zapato derecho. No sé cuánto tiempo habré estado así, acurrucado a un costado de la barra, el fuego helado corriéndome por la espina dorsal; tal vez días. Algo me había traído de vuelta. Giré la cabeza y lo vi.
Su cara estaba casi pegada a la mía; me miraba sin parpadear, desde atrás de unos lentes gruesos que le achinaban los ojos. La piel le colgaba en pliegues grises, como prestada. Reconocí todas las señales. Había arrimado una banqueta para estar más cerca. Me observaba la boca, hambriento; amagué a pasarme el dorso de la mano por la comisura, para ver qué tenía, pero se me adelantó. Retiró un rastro de carne negra de ciempiés molida, ya reseca, y la lamió enseguida, celoso de que la reclamara. Noté que le faltaba la última falange del dedo meñique; el nudillo terminaba abruptamente en una cicatriz lisa.
Paladeó la droga hasta disolverla por completo. Era viejo, sus labios eran finos y estaban rodeados de arrugas.
-Mi nombre es William Lee, Bill Lee. ¿Cómo te llaman por acá?
-El chico heavy metal.
-Ja. Está bien eso –de pronto se puso serio-. Hay que cortar las líneas, todas las líneas. Las líneas de control, quiero decir; la línea del lenguaje, la de las imágenes que nos condicionan, la de la realidad que nos quieren hacer creer, la de las respuestas automatizadas. Estamos en guerra, siempre. Tenemos que estarlo. Y lo peor es el lenguaje, ¿sabés? La palabra. La palabra es un virus, un organismo extraterrestre que se alimenta de nuestro sistema nervioso, lo asfixia y corroe. Estamos todos infectados, eso es lo peor, y casi nadie lo sabe. Ni siquiera yo puedo dejar de hablar, de pensar en palabras. Todo el tiempo. Fijate, tratá de hacer silencio, un rato, quince segundos, algo. No podés: las palabras se te agolpan en la boca, te llenan la cabeza. Probá si no me creés.
Calló durante un instante y enseguida, como afirmando lo que decía, retomó el hilo:
-El chico heavy metal... Realmente está muy bien eso. Torcer las palabras, quebrar sus reglas. Es casi lo único que nos queda. Te voy a contar una historia, chico lindo. Algo que le pasó a un amigo mío, Bill. No es su verdadero nombre, pero llamémoslo así. En un momento de su vida, de repente, Bill se encuentra frente al cadáver de su esposa y con una pistola caliente en la mano. No sabe bien qué pasó pero ahí está su mujer, que unos minutos atrás se paseaba por el departamento, muerta de un disparo en la cabeza, con los ojos en blanco. Bill no entiende lo que está ocurriendo; pero llegan sus amigos y el lenguaje habla por él, tiene que contarles una historia. Se escucha decir que estaban divirtiéndose, jugando a Guillermo Tell como cada noche, sólo que esta vez algo falló. Más tarde la historia que sale de su boca es otra: la pistola se disparó mientras la limpiaba, su esposa estaba allí, fue un accidente. Y así sucesivamente. El lenguaje inventa, tiene vida propia, lo fuerza a decir cosas, a enredarse cada vez más, hasta que no distingue la mentira de la verdad. ¿Entendés lo que te quiero decir? La palabra es un parásito que nos aliena y controla. Nosotros somos su hábitat, un cuerpo portador, poco más que eso. Hay que hacer algo, chico lindo, hay que destruir el lenguaje, hay que resistir. 
Chasqueó la lengua contra el paladar.
-¿Subimos a mi habitación? Creo que todavía me queda algo de ciempiés negro.     

   
El 2 de agosto de 1997, a los setenta y siete años, murió William Burroughs, escritor estadounidense y uno de los artistas más influyentes del siglo XX. La experimentación con el lenguaje y la creación de imágenes novedosas son dos de las características de su escritura. Entre sus libros más conocidos se encuentran El almuerzo desnudo, La máquina blanda y Nova Express. La película El festín desnudo, de David Cronenberg, está inspirada en distintos elementos de su obra y su vida.

María Eugenia Alcatena 


3 comentarios:

Deximonio dijo...

Excelente

CALVI! dijo...

Dos platos en la carta nomás.
Huevos verdes con jamón y Carne negra de ciempiés.
El postre es el viaje.
Y venir a leer.
Eso.

María Eugenia Alcatena dijo...

Ey, muchas gracias a los dos.
(Huevos... puaj)