viernes, 21 de diciembre de 2012

“El Conventillo de Caminito”




 Cacareaba la matrona. Esa veterana bien fané que era dueña del convoy. Yo estaba de apoliyo en la catrera, disfrutando un berretín de lujo: se me piantaba una lágrima mientras me casoriaba con el budín de mis sueños. Y entonces, empezó a los saques limpios la vieja.

—¡Garpá el alquiler sanguijuela! —rezongaba mientras zurraba la puerta del cotorro. Se notaba estrilenta la jovata.
—En una semana me van a pagar unos morlacos… sea paciente doña, ahora estoy forfait, no sea quilombera… —le decía yo, algo julepeado.
—Mirá atorrante… si no me das la moscarda mañana, te doy el olivo a escopetazos. ¿Oíste? —chamuyaba la vieja.

Caminito se aturdía de tangos bajo el bacanaje importado. Había mucha biyuya por la calle; mucho bochinche, como cada domingo de sol. Yo balconeaba a los turistas; y les susurraba: “Pasen y vean muchachos, vengan a calar el conventillo; que Juana, la vieja más fulera de La Boca, les va a mostrar el color del galgueo. También está Virginia, una Lora fina según los alcachofas. Milonguera, budinazo de alta gama; de limones prominentes y faroles cristalinos”. Virginia, que a pesar de serlo, no parecía hija de Juana.



Vengan a echar unos gruyos a este conventillo. Los pájaros son los únicos felices aquí. Miran todo desde arriba, desde lejos, igual que ustedes. El único meódromo de la pensión, está lleno de impermeables tapando el desagüe. Yo pensé que un matadero me iba a servir de lufanía para mi alambrada; pero, entre el quilombo de toda la mersada, solo me salen morondangas... Así que escabio alpiste berreta y me apoliyo, casi siempre en curda.

—Tengo la escopeta cargada eh… —murmuraba doña Juana tras el cerrojo— cuento las horas eh…

No me jorobaban las amenazas de una vieja cachusa. Yo llevaba tres semanas sin garpár la pieza; una semana más, no haría diferencia.



Aquella noche, mientras le daba al escabio en el patio, y rasgueaba la alambrada, la vi entrar a Virginia. Estaba bien curdela ella también; así que aproveché y le pellizqué el bombo; ni se inmutó la Lora; y no vaciló un minuto en meterse a mi pieza.

Nunca se me había dado un fierrazo con un yiro. Virginia era una percante erudita. Yo estaba empedado y me olvidé el impermeable. Un hijo “Giliberto” iba a tener; un poco de mí y quién sabe, otro poco de miles de anónimos.

Salió lindo igual; la vieja lo tomó bien, y cuando empezó a quedarse gagá, decidió dejarnos el conventillo; se retiró a ver la tele, y en dos años, se fue por la rejilla.

Montamos la amueblada para turistas. Y en honor a la vieja, embalsamamos su cuerpo y lo expusimos bajo del zaguán. Actualmente no somos cogotudos, pero tenemos un buen pasar. Virginia dejó de hacer la calle; ahora sus aptitudes son solo mías. El nene es bueno, pero no se parece mucho a mí. Por primera vez en mucho tiempo, se me iluminó el mate y pude componer unos tangos decentes. Y si… somos una familia feliz, viviendo en Caminito…



Un 21 de diciembre como hoy, pero de 1962, en Buenos Aires, se fundaba la Academia Porteña de Lunfardo, dedicada al estudio del habla popular argentina. Originalmente, la jerga del lunfardo era utilizada por marginales y personas de clase baja. A principios del siglo XX, el lunfardo comenzó a estilarse en el tango. Muchos de los tangos más conocidos actualmente, poseen en sus versos, la preciosa poética del lunfardo.


Martín Kaos