jueves, 20 de diciembre de 2012

Cosmos: un viaje personal




 Al principio la convivencia fue difícil, un poco frustrante, como casi siempre. El Oso había esperado grandes revelaciones, aventuras, terrores, visiones sobrecogedoras o al menos repugnantes, una iniciación paulatina y emocionante en los misterios profundos del cosmos; había esperado días y semanas, observando cada gesto, atento a descubrir algún secreto que le permitiera entrever un desgarro en la fábrica misteriosa del cielo estrellado, pero no había obtenido nada. Amigo era muy tranquilo y silencioso, muy metódico, y cuando se concentraba en sus tareas, a simple vista minúsculas pero demandantes de toda la atención del universo, ni siquiera lo registraba.  


Amigo había llegado una noche de noviembre, casi de madrugada. La puerta de la casita de El Oso estaba abierta de par en par, para soportar mejor el calor agobiante; adentro zumbaban el turbo, el ventilador de la cpu, la radio modificada para captar cualquier posible transmisión extraterrestre cuando finalmente ocurriera. El Oso estudiaba la trayectoria de las últimas sondas, examinaba planillas y fotografías, se servía gaseosa, daba los últimos retoques a su maqueta de una hipotética estación robótica en la superficie marciana; los golpes en el mosquitero metálico, en cierta manera, no lo sorprendieron. 

 
El visitante había adoptado la forma exterior de su ídolo de toda la vida; le agradó ese detalle. La polera setentosa, el blazer desprendido, la raya al costado, la sonrisa amplia de dientes perfectos. El Oso abrió el mosquitero y lo invitó a pasar.
-Bienvenido. Mi nombre es Tomás, pero me dicen El Oso. Sabía que esto pasaría alguna vez. Por favor entre. ¿Cuántos son?
-Sólo yo –el visitante advirtió que El Oso le miraba las manos, de siete dedos cada una-. Ups, disculpas –se excusó mientras los cuatro dedos supernumerarios se reabsorbían en los cantos de las manos.
-Apenas un detalle, no se preocupe. ¿Cómo se llama, de dónde viene?
-Llamame simplemente Amigo. 

 
Así, sin más preámbulo, había comenzado su convivencia. Amigo era muy callado, y había esquivado todas las preguntas sobre su origen, los viajes interplanetarios o la vida en otras galaxias. Había sabido ocultar muy celosamente su nave; El Oso no había podido encontrar ningún rastro, ninguna brizna de pasto chamuscado en kilómetros a la redonda. Desde esa primera madrugada, eso sí, se había preocupado por organizar y repartir de la manera más eficiente las tareas domésticas; al parecer, no tenía tiempo que perder.
Su rutina era distinta cada día, y a la vez siempre igual. Amigo aplicaba su curiosidad insaciable y milimétrica a algún fragmento diminuto del entorno: observaba durante horas las pelusas debajo de la cama con un anotador en la mano; se dedicaba a recolectar las espinas verdes y marrones del pino frente a la casa, sólo para quemarlas, de tres en tres, después; medía los componentes del aire en distintos lugares; hundía la mano hasta la muñeca en un balde lleno de arena, la sacaba y la volvía a hundir. El Oso vacilaba entre seguirlo a todas partes, pendiente de que le revelara –tal vez sin querer- alguna de las impresiones que hubieran dejado en él sus viajes por el espacio, y resignarse de una vez al hermetismo de su huésped para volver al paisaje acogedor de sus planillas, sus estudios de ondas, sus foros de aficionados y archivos desclasificados. 


La noche del diecinueve de diciembre, mientras cenaban, Amigo anunció:
-Mañana me vuelvo. Tengo un viaje largo por delante.
-Por favor llevame, Amigo. Me preparé toda mi vida para esto. Quiero verlo todo, al menos una parte, aunque eso implique no poder volver nunca más.
Amigo lo pensó unos segundos.
-Bueno.
Esa noche, por primera vez, El Oso apagó la radio. Durmió profundamente, para juntar fuerzas, y al día siguiente partió para no volver nunca más. 

 
El 20 de diciembre de 1996, a los sesenta y dos años, murió Carl Sagan, astrónomo, astrofísico, cosmólogo, escritor y divulgador estadounidense. A lo largo de su carrera promovió la búsqueda de inteligencia extraterrestre a través de diversos proyectos. Fue y sigue siendo muy popular por sus libros de divulgación científica y la serie documental Cosmos: un viaje personal, de 1980. Está considerado uno de los divulgadores más populares e influyentes, responsable de haber despertado y alimentado muchas vocaciones científicas a lo ancho del mundo.

 
dibujos 1, 3 y 4 de Dolores Alcatena
dibujo 2 de Fer Gris
dibujo 5 de Ricardo De Luca
dibujo 6 de Joaquín Bordeu Barassi
texto de María Eugenia Alcatena