miércoles, 15 de agosto de 2012

Triángulo de las Bermudas, por Juan Guinot



El piloto contacta la base americana, ya está sobre el Atlántico caribeño, a poco de llegar a destino. Por el parlante de la torre de control, la voz va y viene,  sube y baja. Se oye vigorosa y  lánguida. El piloto, cuenta a la torre de control lo que debe contar por protocolo, algo de las coordenadas, el tiempo estimado de vuelo, la autonomía de combustible. Consulta a la torre sobre los datos del tiempo en destino, la velocidad del viento sobre la pista. En la torre de control, pasado de cafeína y cuantas “inas” entren al cuerpo, el Principal responde como autómata, mientras sigue atento, en la pantallita del radar, el movimiento de tres puntos parpadeantes, tres aeroplanos que presionan el paquete de nervios del encargado de guiar el aterrizaje, no cometer cualquier indicación milimétricamente incorrecta que podría generar un desastre.
El que les habla, ese que tiene algún problema de antena, figura en la cola de los destellos de esa pantalla, no es prioridad.
El Principal de la torre, con la boca partida entre la atención del micrófono y la taza de café, empieza a dar indicaciones al primero de los tres aeroplanos, ya lo ve montados a la panzota de una nube, con los faroles en alta. El avión, como en cámara lenta, toca la pista,  humea las cubiertas sobre el asfalto. Adentro de la cabina, aplauden, adentro de la torre de control ya se está pendiente del segundo parpadeo de la pantalla-radar.
Por los auriculares del Principal de la torre de control vuelve la voz del piloto del tercer avión, esa que no llega del todo bien. La escucha fritada. El principal se toca los auriculares, se los quita, los mira y se los vuelve a colocar. El piloto, el que ahora sigue estando al final de la cola de destellos de su pantalla, no se oye claramente. Por los auriculares, las ondas sonoras ondulan con el ritmo de las olas. Aparece la voz del piloto, habla de algún problema de estabilidad, pero no se entiende bien que pasa, cada letra de esa voz se estira como chicle, suena fantasmagórica.
En la pantalla, la luz parpadeante del tercer avión desaparece. El Principal mira por la ventana, las luces del segundo avión en ejercicios de aproximación enfilan para la pista, apura las indicaciones de aterrizaje y manda un mensaje de emergencia para los aviones en vuelo y los radares de los aeropuertos cercanos, quien primero vea el avión que acaba de perder contacto, que avise.
El principal se saco los auriculares, mira al cielo en pleno amanecer, escrutas las nueve rechonchas, espera que esos monstruos de humedad condensada suelten las luz que su pantalla no muestra.
La puerta de la torre de control se abre violentamente. Dos de sus colegas, que habían ido por más café, escucharon la voz de alarma y le pregunta qué corno está pasando. El principal, con los ojos congelados, les dice que al avión que pasaba por el espacio del archipiélago de las Bermúdas se lo tragó el cielo.
Estas conversaciones entre piloto y torre de control se repetirán en decenas de escuchas que irán a alimentar el mito del Triángulo de las Bermúdas. Nacerá un imaginario potente sobre un territorio del planeta a temer. Esas conversaciones fatídicas, y finales, nunca hubiesen existido si un día como hoy, del año 1917, no se hubiesen concretado la primera comunicación entre cabina de avión y torre de control en el aeropuerto de Virginia, USA.

lunes, 13 de agosto de 2012

Todos somos islas




TODOS SOMOS ISLAS
Hoy quiero contarles la historia de Prendick, único sobreviniente de un naufragio, que ya de por sí es infortunio bastante si no fuera por todo lo que le sucedió luego.
El asunto empezó a espesarse cuando un barco lo encuentra boyando en el medio del mar y en circunstancias poco claras, lo deja en una isla junto con el cargamento de animales que llevaba en sus bodegas. Tan extraño pasaje estaba destinado a la investigación científica del regente de la isla, el Dr. Moreau. Este médico es un soñador, un místico, un degenerado que experimenta con animales vivos. Alguna vez fue una eminencia en la brumosa Inglaterra pero definitivamente había perdido el rumbo.
Luego de recuperarse, Prendick empieza a familiarizarse con el complejo hospitalario del Dr. Moreau. Pronto comprende que además de torturar animales con injertos abominables, el médico también practica su loca ciencia en humanos. No había que ser muy lúcido para verse a sí mismo atado en la camilla, con añadidos y ablaciones varias, así que el náufrago se da a la fuga.
En su atolondrada carrera se topa con una aldea habitada por una colonia de seres monstruosos, mitad bestia, mitad humano, que eran capaces de hablar. En el colmo de la insania, Prendick comprueba que la población se regía por un cuerpo de leyes, rigurosas, inmutables y crueles. El dios que había dictado esas leyes era, por supuesto, el Dr. Moreau. Quizás no hubiera sido tan malo morir ahogado en el océano.
A pesar de todo, Moreau y su esbirro, un tal Montgomery, persuaden al desesperado náufrago de que toda aquella aberración persigue un fin noble, que viene a ser la conversión de los animales en seres humanos. Sí, eso de que el fin justifica los medios, usted ya lo escuchó tantas veces… Parece que Prendick no lo sabía o no le importó, el caso es que se quedó a vivir con ellos.
Al tiempo, se suscita una gran conmoción en la isla porque aparece un conejito con signos de haber sido masticado. Comer carne era la prohibición más severa que contenían las arbitrarias leyes del Dios Moreau. Las pesquisas inculpan al hombre leopardo. Se organiza la cacería. Enseguida vendrán otras. La consistencia del sistema empieza a desmadrarse. Uno de los felinos mutantes se almuerza al mismísimo Dr. Moreau. Montgomery pierde el control, se emborracha y no tiene mejor idea que regalar las reservas de alcohol a los hombres bestia, que ya sin frenos, se devoraran al triste lugarteniente.
Lejos de querer asumir el rol de nueva divinidad que le proponen los seres deformes, Prendick imagina la manera de escapar, mientras finge que se acostumbra a vivir con la manada enardecida. Afortunadamente, un barco acierta a pasar por la isla y es rescatado por segunda vez. En agradecimiento, les cuenta la historia de su vida. La tripulación empieza sospechar que la soledad le hizo perder el juicio y nuestro hombre advierte que tiene que callar si quiere regresar a casa sin un chaleco de fuerza.
Pero el silencio no sería su último exilio. Encuentra insoportable la vida en sociedad. Los habitantes de Londres le resultan significativamente familiares. En todos cree ver la traza de bestialidad que aguarda el momento para volver a atacar. Se convence de que el único remedio para sus males, es retirarse a una casa solitaria, en medio de la nada.
Y es así que finalmente Prendick, el náufrago, encuentra sosiego en su propia isla existencial, aislado de la humanidad.
En un día como hoy, pero de 1946 fallecía H. G. Wells, novelista y pensador inglés que, junto con Julio Verne, se erige como uno de los padres de la ciencia ficción. Es autor de clásicos de la literatura universal como “La máquina del tiempo”, “La isla del Dr. Moreau”, “El hombre invisible” y “La guerra de los mundos”.
© Pablo Martínez Burkett, 2012

viernes, 10 de agosto de 2012

El Fantasma de José



De rodillas, frente a la tumba de José, Sonia soltó unas pocas lágrimas que bajaron por sus mejillas como lianas negras hasta dispersarse en las comisuras de sus labios. Sintió el sabor ácido y entintado de su delineador. Se refregó los ojos y la boca con el canto de la mano, se paró, le echó una última mirada al sepulcro, y escupió sobre el.

José, aquel canalla, vicioso, mujeriego, jugador, y rufián, ahora era parte de su pasado. Un pasado lleno de engaños, de mentiras, de angustias; y también, un pasado lleno de fogosidad y de auténtico amor. Por eso las lágrimas, por eso el escupitajo. Sonia estaba aliviada y compungida en un mismo instante. Los sentimientos se entremezclaban en su pecho; rabia y amor repeliéndose uno al otro en una batalla sin cuartel que se libraba dentro de su corazón. Esa, era la cicatriz que había dejado José.

Un tiempo después, Sonia conoció a Mauro, el boticario; un tipo sobrio, chapado a la antigua, estructurado y conservador. La antítesis del finado José. Ella creyó que la aparición de este nuevo hombre en su vida era parte de un presagio justiciero de su destino. Se casó con él, y durante un año llevó una vida sin sobresaltos, tan pacifica y aburrida como lo establecía aquel mensaje que había escrito Mauro en la pared de su farmacia: “Un lugar para cada cosa, y cada cosa en su lugar”.

Mauro había dispuesto un calendario para cada situación conyugal. El sexo por ejemplo, debería ser practicado dos veces por semana, con un tiempo cronometrado y en un horario específico. Como si de un trámite se tratara. Sonia avaló sumisa esa nueva forma de amor, porque su nuevo marido, a diferencia del anterior, la trataba con un respeto y una fidelidad que ella desconocía.

Un día, mientras Sonia dormitaba en la cama al lado de Mauro, sintió unas manos frías deslizándose por sus muslos, ascendiendo por sus nalgas y su espalda. Un plácido escalofrío le hizo erizar la piel. Algo había sucedido, no era sábado ni miércoles, los días en los cuales debía mantener relaciones con su marido; era viernes, y Sonia se asombró del inesperado impulso libidinoso de Mauro. Así que se entregó a él, pensando que tal vez, estaría cambiando, y se habría dejado llevar por el deseo sin pensar en si era el momento adecuado o no para hacerlo. Pero de repente, casi llegando al clímax, Sonia abrió sus ojos y quedó estupefacta al ver que el hombre que se hallaba sobre ella no era Mauro, ¡era José! ¡Su finado José! Eso la hizo gritar horrorizada, José saltó de la cama y se desvaneció como una sombra. Mauro despertó sobresaltado, la abrazó y la consoló diciéndole que solo se trataría de una pesadilla.

Aquella “pesadilla” volvió a repetirse todas las noches. Siempre a la misma hora, incluso los miércoles y sábados, cuando luego de terminar de hacer el amor con Mauro, Sonia cerraba sus ojos y se entregaba sin resistencias al fantasma lujurioso de José. La vida aburrida y monótona al lado de Mauro se había vuelto impredecible y vertiginosa, como en su anterior matrimonio.

Con el pasar del tiempo, José comenzó a hacer sus apariciones no solo por la madrugada, sino en cualquier momento del día en el cual Sonia se encontrase sola en la casa. Y siempre con el mismo objetivo libidinoso.

Mauro comenzó a notar que Sonia, cada día se encontraba más feliz y eufórica, que se dedicaba a sus artes culinarias cantando y bailando desaforadamente. En un principio le pareció extraño aquel repentino cambio de carácter en su esposa, incluso pensó en llevarla con un psicólogo; pero desistió de esa idea, porque ese extraño despertar en ella le hacía pensar en lo espléndida que se sentiría al lado de él. Además, Sonia había dejado de salir para quedarse siempre cocinando o limpiando en la casa, entonces no corría riesgos de ser cortejada por ningún libertino de la calaña de su ex esposo. A Mauro eso le complacía y le daba la certeza de que su mujer, le era completamente fiel.


Un 10 de agosto de 1912, en Salvador de Bahía, Brasil, nacía el escritor Jorge Amado. Autor de una extensa y premiada obra literaria. En 1966 publicó una de sus novelas más populares: “Doña Flor y sus Dos Maridos”. La historia de una mujer casada que es visitada por el fantasma de un ex marido. Historia que fue llevada al cine en el año 1976 por el director Bruno Barreto. Protagonizada por Sonia Braga, José Wilker y Mauro Mendozaza.

Diego Martín R


otDiego Martín Rotondo ®artín Rotondo

jueves, 9 de agosto de 2012

Helter Skelter


La histeria, las drogas, la psicodelia, el esoterismo, el satanismo, el ocultismo, la paranoia, el hambre de revelaciones, el desencanto, la insatisfacción, el malestar, el pop... En una de las muchas aristas de los 60’s todo esto se mezcla y forma un cóctel impredecible. Así es que poco a poco proliferaron los mensajes cifrados, subliminales, agazapados detrás de la imaginería florida y multicolor de la época. Los iniciados los detectan en todas partes: Hey Jude es una incitación a pincharse con agujas hipodérmicas, la cinta de Strawberry Fields pasada al revés destila mensajes de odio, Come together agradece a Satanás por las drogas y las llamas del infierno, en Something George le ruega al demonio que suelte su brazo, Lucy in the Sky with Diamonds invita a adentrarse en un paisaje inestable, moldeado en ácido y decorado con cielos de mermelada, flores de celofán y porteros de plastilina... Como si esto no alcanzara, I am the Walrus menciona escalofríos negros y ojos misteriosamente atacados, en Number Nine se invoca a un cadáver, y los indicios de que Paul está muerto y fue reemplazado por un impostor se multiplican por doquier en tapas, letras y entrevistas, evidentes para quien quiera verlos. En A Day in the Life John pregunta una y otra vez, como si le estuviera exigiendo respuestas a una tabla ouija, si Paul volverá convertido en Superman, y cuando se pasa al revés Blue Jay Way la voz de ultratumba de Harrison canta, como en una letanía, que Paul está cubierto de sangre, Paul es Hare Krishna, Paul es todo lo que hay.
El propio Paul (o tal vez su doble) vaticina el futuro: se acerca el apocalipsis, esta vez bajo la forma de una guerra despiadada entre blancos y negros en la que los primeros serán aniquilados. El Helter Skelter definitivo. Pero este mensaje no puede comprenderlo cualquiera, y probablemente hasta el mismo Paul lo negaría si se le preguntara al respecto; sólo un iluminado, un sujeto oscuro y resentido de California, puede desentrañarlo de la maraña densa y ruidosa en la que se entrelazan los gritos y los instrumentos. Junto a aquella, recibe otra revelación: tras la guerra comenzará su reinado; los vencedores, desorientados, acudirán en su búsqueda y lo harán su líder. En ese momento él y su familia, es decir quienes él haya elegido como integrantes de su familia, iniciarán la fundación de una nueva sociedad.
Pero para que lo nuevo surja, todo lo malo, todo lo viejo, todo lo corrupto, tiene que arder. Y cuanto antes mejor.    


El 9 de agosto de 1969, cuatro acólitos de la "familia" de Charles Manson ingresaron en la mansión de Roman Polanski y Sharon Tate en Beverly Hills. Siguiendo las instrucciones de su líder, asesinaron a todos los que se encontraban allí, cinco personas en total. Más allá de la locura y la maldad, los móviles de este crimen múltiple nunca fueron aclarados del todo. Sharon Tate, embarazada de ocho meses, recibió dieciséis puñaladas; su panza fue vaciada y su cadáver colgado de una viga. Tenía veintiséis años. Hoy la recordamos a ella, una de las mujeres más hermosas de todos los tiempos.
María Eugenia Alcatena


miércoles, 8 de agosto de 2012

Los regalos no se cambian. Por Juan Guinot

Los regalos no se cambian, eso me enseñó mi viejo. El regalo trae algo más que el objeto, lleva consigo la intención, el plan, el pensamiento de quien te lo compró.
Con ese espíritu fui a Musimundo, a comprarle al viejo  un CD para el de cumpleaños. Lo de la música, en casa, es religioso. Cambió el tocadiscos por el reproductor de CD, pero no el rito de sentarnos, antes de cenar, de frente al equipo, para escuchar algo de música. Mi viejo, recién ahora, me deja meter algo de rock nacional y viene aflojando con Soda Stéreo. Dice que “Cuando pase el temblor” remite a las raíces del folclore de la Puna y eso lo emociona. A mi viejo lo emociona la Puna. Allí estuvimos en las vacaciones de invierno del setenta y ocho, y casi no volvimos porque decía que ese era su lugar en el mundo, que teníamos que quedarnos a vivir ahí. Como no logró nuestra adhesión al proyecto de traslado familiar, nos vive diciendo que cuando se jubile se va a Jujuy con o sin nosotros, y que si la muerte lo sorprende antes, que tiremos sus cenizas al lado del monumento del Trópico de Capricornio. Pero de la muerte no me gusta hablar, mucho menos con él porque empieza con sus teorías de el cuerpo es una cáscara y el alma energía, y me pone nervioso, me hace doler la cabeza. Por eso prefiero irle con música y, sobre todo, regalarle música.
Llego antes que él a posicionarme de frene al equipo de audio. Papá se arrima con su vaso de tinto. Está por meter mano a la pila de CDs y le digo que no hace falta. Me mira entre sorprendido y sobrador, como diciendo “pebete, hoy es mi cumpleaños, la música la pongo yo”. Pero le rompo el gesto al poner delante de su cara el cuadradito envuelto para regalo. Pinta una sonrisa de oreja a oreja. Sus dedos se apuran a develar el misterio, a borrar, quizás, la incipiente sospecha de que ese envoltorio oculte rock y devele mi primer acto de rebeldía adolescente y la sonrisa se hace más grande cuando descubre que lo homenajeo en el punto máximo al traerle un CD de Jorge Cafrune. Me tira un “gracias” entrecortado. Mientras apura la salida del disco, con el uso del filo de las uñas corta el plástico cobertor y una insipiente suelta de lágrimas.
Mete el CD en la bandeja, presiona play. Lo miro. Sus ojos recorren la foto de la tapa. Cafrune está parado y a su lado hay un niño. Mi viejo da vuelta la cajita, repasa con el dedo índice derecho las canciones. Escucho que mi viejo pregunta “¿Quién es Marito?” Y yo, me hago el que no lo escucho, no sé de qué me habla, no tengo un solo amigo con ese nombre. Evado su mirada, enfoco el display del reproductor. Por los parlantes brotan los rasguidos y la voz imponente de Cafrune, grapa y piedra moldean la voz de la tierra. De golpe, a la voz del cantor del pueble se le suma el agudo canto de un niño. Miro a un costado, me sorprendo, tal vez haya un pibito en casa. No tardo en darme cuente de que la voz brota de los parlantes y del registro del CD que acabo de regalarle. Lo miro sin torcer la cabeza, como cuando espero el reto fatídico después de mandarme un moco, y mi papá, ante cada tono chillón del niño cantor (intercalado entre la voz de Cafrune), aprieta la piel de la cara como si le picaran mosquitos. Mi viejo larga “Ese nene está haciendo mierda la canción”. Mi viejo se empina el vaso de vino, no vuelve a hablar.
Mirar el display del reproducto, no voy a volver a mirarlo, nos queda el recorrido entero de este disco de Cafrune, mi regalo, el que no vamos a cambiar, porque él me enseñó que los regalos no se cambian y la música se escucha hasta el final el disco o hasta que mamá llame para comer la cena.
Cafrune, un tipo generoso como pocos, grabó este disco con Mario Guillermo Perrota. El gran Jorge Cafrune nació un 8 de agosto de 1937.

lunes, 6 de agosto de 2012

Y ese día llovió algo más que sopa





Y ESE DIA LLOVIO ALGO MAS QUE SOPA

Un amigo de la infancia siempre decía: “El día que llueva sopa, voy a tener un tenedor en la mano”. Y ese dicho infantil, que seguramente era repetición de alguna reflexión paterna, me acompaña desde entonces.

Mi relación con la suerte es por demás de oscilante. Tengo días en los que estoy tentado a creer en la suerte y en otros, como dicen que dijo Napoleón, me resulta una justificación de los mediocres. Y cuando hablo de suerte, no me refiero a salir favorecido en los juegos de azar u otro género análogo, donde indudablemente interviene la ley de los grandes números o lo que sea que rija esas cosas. Cuando hablo de suerte, me refiero más bien a creer en un destino, entendiendo por tal, que ya todo está escrito y que, por lo tanto, aquello que comúnmente llamamos suerte (o su ausencia), es algo que, inevitablemente, ha de suceder.

Mientras que la historia del pensamiento está llena de filósofos, teólogos y hasta “opinólogos”, que arriesgan sesudas teorías en torno al destino y su consecuencia más elocuente, la predestinación; el saber popular no se queda atrás, acuñando refranes como aquel que nos advierte que “algunos nacen con estrella, y otros, estrellados”.

Un racionalista confiado en el progreso de la ciencia, dirá que lo que llamamos azar no es sino el efecto conocido de una causa todavía desconocida. Una persona de fe, dirá que todo sucede para que se cumpla el plan de Dios. Otro, en el medio, dirá que para entender ese plan, hay que tener una perspectiva de eternidad que carecemos. Y así, al infinito. Cada cual tratará de explicar su creencia sobre las casualidades, el azar, el destino. Fundadores de religiones, astrólogos, tarotistas y leedores de “mancias” varias se han enriquecido a costa de la zozobra del ser humano frente al gran interrogante de saber si hay un destino y en su caso, qué nos depara.

De cualquier manera, no importa que tan sólida sea la convicción personal, las confusiones diarias son muchas. Y no debe asombrarnos que un ateo militante actúe como si hubiera reglas universales creadas por la divinidad, mientras que un devoto creyente se niegue a ver la celestial geometría de la fatalidad.

Sin embargo, sea cual fuere la posición personal de cada uno, hay cosas que no dejan de provocar, cuando menos, asombro y conmover cualquier convicción que se tenga en favor o en contra de la idea de destino.

Y ya que estamos hoy con esto de preguntarnos por el destino, es muy probable que el nombre de Tsutomu Yamaguchi le resulte totalmente desconocido. Si le adicionamos el nombre de Hirosima, usted imaginará que quizás se trate de alguna víctima del holocausto atómico. “Rumbea, rumbea”, como decía mi profesor de filosofía.

Efectivamente, este señor era un ingeniero que estaba de viaje de negocios cuando Estados Unidos lanzó el ataque nuclear sobre Hiroshima. Como consecuencia de encontrarse en el peor lugar y en el peor momento de la Historia, sufrió severas quemaduras en gran parte de su cuerpo. Según se mire, no le fue tan mal. Más de 150.000 personas fueron vaporizadas en el acto.

Apenas repuesto de semejante apocalipsis, dos días después regresó a su tierra natal, que era... hmmm… ya anticipó el nombre, ¿no? Sí, el pobre Yamaguchi era natural de Nagasaki, donde cayó la segunda bomba. Ni había empezado con la convalecencia y tuvo que sobrellevar una nueva detonación atómica. Y si eso no era bastante, por segunda vez, estuvo expuesto a la llamada “lluvia negra”, una precipitación llena de polvo, hollín y sobre todo, partículas altamente radioactivas. El fenómeno meteorológico, característico de este tipo de explosiones, contaminó todo lo que no incineró tan abominable arma de destrucción y llevó el número de muertos a cifras todavía más abrumadoras.

El ingeniero Yamaguchi es el primer sobreviviente confirmado de ambos bombardeos atómicos. Algunos dirán: ¿Estuvo en Hiroshima y Nagasaki? ¡Qué mala suerte! Y otros rápidamente responderán: ¿estuvo en las dos? ¿y sobrevivió? ¡No era su destino morir así! ¿A usted qué le parece? Si tenemos suerte, quizás alguna vez lo sepamos…

El lunes 6 de agosto de 1945, Hiroshima se convirtió en la primera ciudad en sufrir un ataque atómico. Mientras el avión bombardero Enola Gay se alejaba del objetivo, el copiloto dijo: ¿Dios mío, qué hemos hecho? El ingeniero Tsutomu Yamaguchi, no sufrió trastornos por la radiación atómica. Murió de cáncer de estómago en 2010. Tenía 93 años.

© Pablo Martínez Burkett, 2012

viernes, 3 de agosto de 2012

Noelia




“Parece que me va a llamar, y luego huye sin hablar…”. Nadie lo podría haber cantado mejor. En mi vida, Noelia pasó de ser un sueño, a ser un gran desengaño. Lujuriosa y perturbada; vacilante y frágil como una polilla; escurridiza como una libélula. Así era ella; y digo “era”, porque ahora, esta muerta. Muerta para mí al menos.

“Hace tiempo que no he vuelto a verla, y ya no sé que será de Noelia…”. Lo cierto es que ni me importa lo que será de ella. Solo sé que le gustaba andar borracha, y le encantaban los hombres, si, en plural, solo en plural. También le gustaban las fiestas y todo lo que provocase un bullicio incesante en su mente… su mente en silencio, era su peor enemiga.

Que despechado sueno. El amor no correspondido hace esas cosas. A Noelia le encantaba decir que me amaba, pero solo decirlo. Era muy común que luego de declararme su amor, desapareciera durante meses, para luego reaparecer y volver a declararse, y así sucesiva y descaradamente. Hasta sacarme de quicio. Hasta arrancarme lágrimas, insultos y rencores.

Algunas veces Noelia me daba explicaciones, me decía: “¡Es que sabés demasiado de mí, te lo conté todo, todo!…”. Era cierto, yo sabía todo lo que ella intentaba ocultar de los demás; sus vicios, sus fobias, sus traumas, su mala suerte; todo aquello que acabaría instantáneamente con las intenciones de cualquier hombre. Y sin embargo, eran esos secretos los que me hacían quererla. Por eso no entendía su explicación. ¿No seria yo el amante perfecto acaso? Sabiendo todo eso que ella manifestaba “inconfesable”, y aceptándolo sin condiciones, ¿no era yo el tipo con quien Noelia debía compartir su vida?... Supongo que no.

“Hay una chica que es igual, pero distinta a las demás…”. De eso no me quedan dudas. Noelia era igual a todas las mujeres; si, a todas esas libertinas que me transformaban en un amante masoquista. Admito que, en vez de difamarla, debería hacer un mea culpa, intentar comprender por qué razón siempre termino enamorado, o mejor dicho, obsesionado con mujeres que no merecen la pena. O tal vez sí, tal vez Noelia merecía la pena; porque tenía esa… esa manera entrañable de burlarse de si misma. Y me encantaba cuando lo hacía. Sentía el impulso abrazarla, y besarla, y olerla, y amarla hasta vaciarle las penas… en fin. Que cursi suena el amor.

¿Qué más puedo contarles de Noelia? Todo en ella me cautivaba. Aun lo que hoy condeno y maldigo: su lujuria, su locura, su egoísmo, su tan poco sutil manera de desaparecer. Aun eso me seducía. Y supongo que Nino Bravo lo sabía antes de que yo naciera. Por eso compuso esta hermosa y maldita canción; que describe afinadamente, casi como una fatal premonición, lo que yo habría de sentir por Noelia.


Un 3 de agosto de 1944 nacía en Valencia, Luis Manuel Ferri Llopis, conocido como “Nino Bravo”, uno de los cantantes más queridos y admirados de la música melódica hispana. Grabó cuatro discos. En 1971 sale a la venta “Un beso y una Flor”, LP en el cual se incluyen algunas de sus mejores canciones, como: “mi gran amor”, “América, América”, y… “Noelia”.



Diego Martín Rotondo




jueves, 2 de agosto de 2012

Carne negra de ciempiés



De pronto volví en mí y me encontré con la vista fija en la punta de mi zapato derecho. No sé cuánto tiempo habré estado así, acurrucado a un costado de la barra, el fuego helado corriéndome por la espina dorsal; tal vez días. Algo me había traído de vuelta. Giré la cabeza y lo vi.
Su cara estaba casi pegada a la mía; me miraba sin parpadear, desde atrás de unos lentes gruesos que le achinaban los ojos. La piel le colgaba en pliegues grises, como prestada. Reconocí todas las señales. Había arrimado una banqueta para estar más cerca. Me observaba la boca, hambriento; amagué a pasarme el dorso de la mano por la comisura, para ver qué tenía, pero se me adelantó. Retiró un rastro de carne negra de ciempiés molida, ya reseca, y la lamió enseguida, celoso de que la reclamara. Noté que le faltaba la última falange del dedo meñique; el nudillo terminaba abruptamente en una cicatriz lisa.
Paladeó la droga hasta disolverla por completo. Era viejo, sus labios eran finos y estaban rodeados de arrugas.
-Mi nombre es William Lee, Bill Lee. ¿Cómo te llaman por acá?
-El chico heavy metal.
-Ja. Está bien eso –de pronto se puso serio-. Hay que cortar las líneas, todas las líneas. Las líneas de control, quiero decir; la línea del lenguaje, la de las imágenes que nos condicionan, la de la realidad que nos quieren hacer creer, la de las respuestas automatizadas. Estamos en guerra, siempre. Tenemos que estarlo. Y lo peor es el lenguaje, ¿sabés? La palabra. La palabra es un virus, un organismo extraterrestre que se alimenta de nuestro sistema nervioso, lo asfixia y corroe. Estamos todos infectados, eso es lo peor, y casi nadie lo sabe. Ni siquiera yo puedo dejar de hablar, de pensar en palabras. Todo el tiempo. Fijate, tratá de hacer silencio, un rato, quince segundos, algo. No podés: las palabras se te agolpan en la boca, te llenan la cabeza. Probá si no me creés.
Calló durante un instante y enseguida, como afirmando lo que decía, retomó el hilo:
-El chico heavy metal... Realmente está muy bien eso. Torcer las palabras, quebrar sus reglas. Es casi lo único que nos queda. Te voy a contar una historia, chico lindo. Algo que le pasó a un amigo mío, Bill. No es su verdadero nombre, pero llamémoslo así. En un momento de su vida, de repente, Bill se encuentra frente al cadáver de su esposa y con una pistola caliente en la mano. No sabe bien qué pasó pero ahí está su mujer, que unos minutos atrás se paseaba por el departamento, muerta de un disparo en la cabeza, con los ojos en blanco. Bill no entiende lo que está ocurriendo; pero llegan sus amigos y el lenguaje habla por él, tiene que contarles una historia. Se escucha decir que estaban divirtiéndose, jugando a Guillermo Tell como cada noche, sólo que esta vez algo falló. Más tarde la historia que sale de su boca es otra: la pistola se disparó mientras la limpiaba, su esposa estaba allí, fue un accidente. Y así sucesivamente. El lenguaje inventa, tiene vida propia, lo fuerza a decir cosas, a enredarse cada vez más, hasta que no distingue la mentira de la verdad. ¿Entendés lo que te quiero decir? La palabra es un parásito que nos aliena y controla. Nosotros somos su hábitat, un cuerpo portador, poco más que eso. Hay que hacer algo, chico lindo, hay que destruir el lenguaje, hay que resistir. 
Chasqueó la lengua contra el paladar.
-¿Subimos a mi habitación? Creo que todavía me queda algo de ciempiés negro.     

   
El 2 de agosto de 1997, a los setenta y siete años, murió William Burroughs, escritor estadounidense y uno de los artistas más influyentes del siglo XX. La experimentación con el lenguaje y la creación de imágenes novedosas son dos de las características de su escritura. Entre sus libros más conocidos se encuentran El almuerzo desnudo, La máquina blanda y Nova Express. La película El festín desnudo, de David Cronenberg, está inspirada en distintos elementos de su obra y su vida.

María Eugenia Alcatena 


miércoles, 1 de agosto de 2012

Melville: La mar de obsesivos.

La mar de obsesivos, por Juan Guinot.
Ser arponero, hacerse a la mar y vivir para contarlo. De eso se trata. También de ganar algo de plata con el fruto de tu pesca. Pero si encarás por separado a cada uno de esos marinos que están subidos al ballenero Pequod, de lo último que te hablarán, será de plata.
Ellos sienten en el interior un pulso que, de tan extraño para el auto - reconocimiento, resulta ser factor común a la especie humana: obsesión. Y el punto ya no es cómo mitigar esa obsesión, esa tracción de la sangre que puede llevarte, entre otras cosas, a desangrar. No, el punto clave es cómo hacer para que esa suma de obsesiones enhebre, de modo que se arme un proyecto colectivo. Entonces, nos enteramos que hay un gran costurero, un hábil operador que logra canalizar, para su provecho, lo que cada uno de los marinos siente. Ese artesano de timón, con una pata de carne y hueso, y otra hecha de marfil de ballena, pondrá proa con un claro objetivo: cazar la ballena blanca, que guarda en la panzota la pierna de carne y hueso que el Capitán ya no luce.
La tripulación, de arpones llevar y con varias decenas de ballenas en su haber, escucha la instrucción del Capitán y no se preocupa demasiado por el color del objetivo, ni porque esa bestia marina ocupe las tripas en digerir una pata de ese viejo gruñón. Ellos están arriba del barco para matar ballenas, para eso los subieron al barco, para ello viven. Se pliegan a la misión sin mucha preocupación y con demasiado soberbia. ¡Ay de ellos! La que les espera.
A pocas millas marinas de distancia, el lomo blanco de la ballena parte el agua salada, suelta un chorro de vapor que suena a vagido ensordecedor y desaparece bajo los escombros de las olas.
Todo indica que el barco ballenero Pequod y la ballena Moby Dick están a poco de encontrarse y, por lo que puede olerse en este aire salobre, las cosas empezarán a complicarse.
Quien escribió esta maravillosa historia, antes de sentarse a redactarla, viajó mucho y conoció las mismísimas puertas de la muerte. Quien escribió Moby Dick fue Herman Melville, un escritor poco reconocido en vida, quien se metió en los insondables y terroríficos aspectos del hombre, que superan en tamaño y potencial destructor a la famosa ballena blanca.
Herman Melville nació en Nueva York, el 1 de agosto de 1819.

lunes, 30 de julio de 2012

El arte de hacer reír




EL ARTE DE HACER REIR
Figúrese que en la soledad de un escenario hay un hombre diminuto, con un smoking impecable, cara de póker y una media sonrisa cáustica. Acaba de contar un chiste y se lleva displicente un habano a la boca. El público ríe a mandíbula batiente. ¿Qué puede haber dicho para provocar semejante zafarrancho?
Seguro que alguna humorada en torno a su esposa. ¡Shhhh!, escuchemos:
  
“Por muchos años tanto mi señora como yo fuimos inmensamente dichosos, hasta que un día... nos conocimos”.
“Siempre la llevo a todas partes... Lo malo es que ella constantemente encuentra el camino de regreso”.
“El otro día le dije: ¿Sabes, querida? Cuando hablas me recuerdas al mar. ¡Qué lindo, mi amor! No sabía que te impresiono tanto. -No me impresionas... ¡me mareas!”


Y las carcajadas retumban como un huracán por todo el teatro. En el mundo del espectáculo, las risas y los aplausos son el mejor premio que puede recibir un artista que ha elegido la más ardua de todas las profesiones: hacer reír.
¡Y vaya si lo logró!, cautivando a los públicos más exigentes de sur a norte del continente americano. Porque el hombrecito con las orejas como el señor Spock era dueño de un estilo sutil, que aunque se valía de la picardía, odiaba la vulgaridad. Antes bien, apelaba a la complicidad del espectador.
Nacido en el seno de una familia circense, de padre payaso y madre acróbata; la tradición familiar le marcaba un destino trashumante. Debutó en el circo de muy chico y se hizo famoso por un numerito que ejecutaba haciendo equilibrio sobre una escalera, mientras tocaba el violín.
Los biógrafos siempre recuerdan que un día se le rompió una cuerda y para salir del paso, el joven Verdadeguer, encaramado sobre los escalones y mirando el violín roto, metió un bocadillo que hizo estallar en carcajadas a los asistentes. Verdad histórica o cosmética posterior, el caso es que ese día el saltimbanqui se convirtió en comediante. El transcurrir de funciones y geografías, fue labrando al monologuista genial, con un sentido del humor corrosivo e inteligente.
Durante más de 60 años, paseó su arte por teatros, cabarets, casinos, “revistas”, cine y TV. Así, se volvió un cómico único, que era capaz de actuar rodeado de las más exuberantes vedettes del momento sin siquiera una grosería. Con el gesto medido y oportuno, sus ojitos centelleaban divertidos, mientras encadenaba una sucesión de anécdotas, a cual más absurda, pero conservando la compostura y una melancólica elegancia.
Las generaciones posteriores que no lo conocieron, quizás tengan más presente la imitación de Petinatto, con el célebre “Gato de Verdaguer”.
El mejor homenaje que se le puede hacer a un artista es recordar su arte, así que escuchemos otro poquito:
  
“Mi mujer se queja de que antes de casarnos le decía querida y ahora no le digo nada. Podría darle gracias a Dios que sé controlarme…”
“Con mi esposa siempre caminamos tomados de la mano… Si la suelto, se va de compras.
“Para nuestras Bodas de Plata voy a llevar a mi mujer a la India -le confesé a un amigo. -Vaya, vaya, veo que no mides en gastos -me contestó - Y para las Bodas de Oro ¿qué harás? -La iré a buscar…"

Un día como hoy, pero de 1915, nacía Juan Verdaguer. Aunque vio la luz en el Uruguay, a los ocho meses de vida se trasladó a la Argentina. Poseedor de un humor fino, cerebral y desopilante, mereció con justicia ser llamado “El Señor del Humor”.
© Pablo Martinez Burkett, 2012

viernes, 27 de julio de 2012

Campo de Trigo con Cuervos



Señor Juez:

He tenido que cargar con la locura de mi hermano durante años. He tenido que curarlo, protegerlo, mantenerlo y soportarlo. Siempre tuve deseos de matarlo, pero había algo que me impedía hacerlo. En su momento, él supo ser ese contraste necesario: megalómano, psicótico, ególatra y agresivo. Su temperamento poseía todas las características que no tenía el mío. Por eso, las personas se alejaban de él para acercarse a mí.

Tuve que ampararlo, prestarle dinero, pagarle tratamientos psiquiátricos, medicamentos; tuve que atenderlo como si se tratase de un inválido. Supongo que de alguna manera lo era. Y mientras tanto, dejar que me pagase con su arte, lo único valioso que podía darme a cambio de mi servidumbre. Mi maldito hermano, la sombra que fue apagando cada uno de mis sueños. Obligándome a dejar de vivir mi vida, para vivir la suya.

Había quienes reconocían su talento, y compraban sus pinturas; pero nos pagaban poco. Dádivas que apenas servían para comprar comida, pinceles, telas y óleos. Mi hermano solía decir que los genios solo eran retribuidos después de muertos. Que muy pocos lograban disfrutar en vida la fortuna de su talento. Por eso siempre citaba a Van Gogh.

Tal vez de tanto aludirlo fue que intentó imitarlo cuando le dije sin tapujos, que su arte era mediocre, y lejos estaba de la genialidad de Vincent. Al oír esto, corrió a la cocina, tomó una cuchilla afilada y se rebanó la oreja.

También tuve que cargar con eso. Llevarlo al hospital. Esperar que lo curasen; y mientras tanto llorar; llorar de impotencia y de odio hacia el cáncer que era mi hermano en mi vida.

Pasaron meses de ese suceso, no nos volvimos a dirigir la palabra; él se dedicó a pintar la mayor parte del día encerrado en su cuarto. Solía conversar con los personajes que pintaba. Rompía lienzos, partía pinceles, comía óleos, maldecía, aullaba; su locura evolucionaba tanto como su arte. Fue durante ese tiempo cuando pintó sus mejores cuadros.

Tomé esta decisión luego de que los doctores lo declararan mentalmente insano. Mi hermano pasaría el resto de su vida en un manicomio. Y yo ni siquiera podría explotar su arte. Dado que en su último ataque, quemó todas sus pinturas y se amputó los dedos de su mano derecha.

Su última obra fue, según sus palabras, una versión mejorada de la última pintura de Van Gogh, “Campo de Trigo con Cuervos”. Mi hermano había modificado los colores, pintando a los cuervos de amarillo, y a los trigales de negro, como si hubiesen sido quemados. Ese último lienzo, paradójicamente se salvó del fuego, lo había olvidado en un atril que tenía en el jardín de la casa.

Tal vez la obra no valiera un centavo. Pero yo tenía que cobrarme todos esos años de esclavitud. Así que antes de internarlo, decidí llevarlo de paseo. Lo llevé a un parque desierto, lo abracé, le dije al oído: “Date valor…”, y le coloqué el revolver en su mano izquierda. Me miró conmovido, aun inmerso en su locura entendía lo que debía hacer. Pero algo lo acobardó. Me devolvió el revolver diciendo: “Dame valor…”. Tomé el arma, le apunté al pecho, y sin pensar, le disparé. Luego limpié mis huellas y puse el revolver en su mano. Me quedé unos instantes a verlo morir.

La noticia de su suicidio hizo que muchos viniesen a conocer su obra. Claro, ahora querían pagar fortunas por su arte. Solo quedaba su versión del cuadro de Van Gogh. Esperé un tiempo antes de venderla, esperé una oferta que pagase todos mis años de esclavitud. La oferta llegó, obtuve quinientos mil dólares por su pintura. Viajé, conocí el mundo, disfruté de la vida, me casé. Y ahora, luego de diez años señor juez, confieso haber sido yo quien lo mató.


Un 27 de Julio de 1890, mientras se paseaba por el campo, Vincent Van Gogh recibió un disparo en el pecho. Murió en su cama dos días después. Aun investigan si fue él quien se disparó, o fue asesinado accidentalmente por un par de jóvenes.
Van Gogh fue uno de los principales exponentes del postimpresionismo, pintó 900 cuadros y 1600 dibujos. Una de sus obras, “El Retrato del doctor Gachet” fue subastada y vendida en más de 82 millones de dólares.


Diego Martín Rotondo

miércoles, 25 de julio de 2012

Pugliese y los héroes de La Yumba


Los héroes de La Yumba, por Juan Guinot
Siete de la mañana, calle Luis María Drago y Avenida Corrientes, barrio de Villa Crespo, Ciudad Autónoma de Buenos Aires. En esa esquina hay una plazoleta donde ya no están los muñecos de la orquesta de tango.
El sol cuela entre los edificios de Villa Crespo y los feligreses del bar no pueden sacar sus ojos, y sus lágrimas, de las vidrieras. Al otro lado del cristal, está la plazoleta diezmada, la triste representación de la doble muerte del maestro tanguero.
Es que al maestro, un flaco de anteojos y de andar lento, desde su muerte, se lo extraña horrores. Por eso, cuando se instaló en aquella plazoleta la orquesta de muñecos con el maestro en el piano, la ausencia se sintió un poco menos.
Pero esto, de no verlo nuevamente, los tiene mal. Es de lo único que se habla en la carnicería, el bar, la librería, la pescadería, los negocios de ropa y en la sede central del PC.
A pocos días del hecho, alguien se apiada y manda a producir nuevos muñecos e instrumentos. También se refuerza el vallado perimetral de la obra, se aumenta la intensidad de la luz y los del banco ofrecen instalar una cámara que grabe día y noche. Todo se hace sin inauguración y gran parte de los vecinos recobra la calma.
Pero un viejo amigo del maestro sabe que la cosa puede empeorar si no toma cartas en el asunto. Y cuando piensa en eso, no está pergeñando un plan para cazar a los vándalos que rompieron los muñecos. No, el amigo del maestro, casi pisando los noventa, sabe que cortar las manos del verdugo no parará las ejecuciones. Sabe que la lucha que se viene es la misma de siempre: borrar de la memoria popular al gran maestro tanguero.
El amigo del maestro reconoce en la agresión de los muñecos de la plazoleta, la mano del enemigo eterno, ese presenta luchas acá y en el otro mundo al mismo tiempo. La batalla del otro mundo se la deja al maestro tanguero, pero la de acá, esa, es para ellos, para la liga de superhéroes de Villa Crespo.
A las nueve de la noche del martes, el anciano se constituye en la esquina de Camargo y Malabia. Al minuto aparecen los súper héroes: la travesti que se pasea por Corrientes y Gurruchaga vestida de micro-mini y saquito de secretaria, el sesentón del negocio del todo suelto de enfrente de la plazoleta, la china del lavarropas de Drago y Gallardo, el hijo del vendedor de pantuflas y alpargatas de Scalabrini y Corrientes, la florista de Velazco y Julián Álvarez, el canillita de Corrientes y Juan B. Justo, el vendedor de medias de la puerta del banco y el taxista que hace parada Warnes y Bravard.  Están todos los convocados y ahí el amigo del maestro dice “Bienvenidos a La Yumba” y se da comienzo al encuentro de la  Liga de la Justicia de Villa Crespo.
Están en ronda. La reunión comienza bajo el amparo de una noche sin luna, más los focos rotos de tres faroles del alumbrado público y la extrema atención a los televisores de parte de los vecinos, ya metidos en sus departamentos.
La Yumba, liderada por el anciano, el amigo del maestro, pide a cada uno de los miembros que, desde esta noche, exijan al máximo sus poderes para proteger la estatua de la plazoleta con los muñecos del maestro tanguero y su orquesta. En cuestión de minutos, se reparten los turnos para efectuar las guardias. Nadie cuenta cómo lo hará, pero cada uno estará allí, invisible a los ojos del vecino y perfectamente visibles a los ojos del enemigo. “La Yumba”, dice el anciano, “protegerá la memoria, con la fuerza de los acordes del tango de nuestro gran vecino y amigo”. El viejo lleva ambas manos al centro y los superhéroes de Villa Crespo estiran los brazos y hacen una apilada de manos y, con sus bocas, empiezan a interpretar el tango La Yumba en un tono que les sale susurrado.
Las ramas de los árboles de Malabia y Camargo se mueven como si las agitará un viento que no sopla.
Las ratas bajan de los árboles, abortan sus planes de abordar balcones. Cuando los bichos llegan a la vereda, ya están con los pelos en punta, los bigotes duros como agujas y las colas torcidas de los nervios. En tropel, las ratas salen a calle traviesa, en sentido a Chacarita, con su alcahuetería metida en lo hociquitos sucios. Antes de la medianoche, los enemigos se enterarán que La Yumba ha vuelto para defender, con su vida, la memoria de Osvaldo Pugliese.
Osvaldo Pugliese murió el 25 de Julio de 1995 .

lunes, 23 de julio de 2012

Al compás del tamboril





AL COMPAS DEL TAMBORIL
Hay cosas se van perdiendo. Y para no ser acusado de incurrir en la nostalgia barata, uno tiene que decir que está bien, qué es bueno que así suceda. Pero la verdad es que no sé si es bueno. O sí sé, pero la mayoría de las veces, ya son cuestiones que a nadie le importa. ¡Los tiempos cambian!, rápidamente te va a decir algún comedido. ¡Qué antigüedad!, se va a burlar el modernista. Pero antes, algunas cosas eran bien distintas.
Y sí, porque si a principio del siglo pasado, nacías quinto hijo, en el barrio de Floresta, tu apellido por parte del padre era De Luca y por parte de madre, Di Paola, eras, un tanito de barrio. Y como tal, el sacrificio de tus padres inmigrantes era para que te hicieras un hombre de bien, un hombre de trabajo y que te convirtieras en un artesano o en un comerciante. Y con un vinito encima, seguro que los viejos se animaban a soñarte un ingegnere o aún mejor, un dottore.
Pero en esta historia que les quiero contar, el pibe había salido con buen oído para la música y siempre hacía los mandados silbando. Ya más grande, los amigos de la barra le pedían que se cantara un tanguito. Y acodado en el buzón de la esquina, con la complicidad del farol, derrochaba todo su arte y la noche poblada de azahares se dejaba enamorar por esa voz melodiosa. Así lo descubrió un guitarrista, que le propuso incorporarse a su conjunto.
El pibe se moría de ganas pero aunque ya era muchacho de pantalón largo sabía que si Don Salvador se enteraba, directamente lo fajaba. Así que empezó a cantar pero oculto bajo un seudónimo. Dicen que dicen que alguna vez, el tano padre lo escuchó por la radio y que hasta festejó la voz de ese joven valor, tan parecida a la de su Albertito, Menos mal que como el speaker lo anuncio como Alberto Dual, no lo supo reconocer porque si no, ardía Troya…
Con el canto le empezó a ir por demás de bien, pero en aquellos tiempos, los sueños familiares se labraban para ser cumplidos, y después de un tiempo, tuvo que abandonar la música para dedicarse por completo a la carrera de medicina. Finalmente, el ragazzo iba a ser doctor.
Sin embargo, el bichito del tango le había inoculado su dulce ponzoña y un año antes de recibirse, se sumó a una orquesta típica. ¡Colgó los libros, dice usted! Pero espere, no se me asuste. Aunque grabó un disco que fue todo un éxito, Albertito se recibió de ginecólogo y la casa paterna se llenó de inflamado orgullo cuando allí mismo, instaló su consultorio como “doctor de señoras”. ¡Qué contentos estaban don Salvador y doña Lucía! Pero una cosa llevó a la otra y pronto el éxito radial y discográfico, le atrajo una romería de pacientes que querían hacerse “atender” por el famoso cantor.
Estaba visto que lo suyo era el tango y pronto dejó la consulta por los escenarios. El padre lo supo entender, porque no hubo otro como él. Con una gola potente y su fraseo exacto, inclinaba el micrófono como quien le habla a un amor antes del beso. Las manos nunca descasaban, aleteando en el aire o cruzadas en la boca, cual verdulero sobre el carro. Las camisas con el cuello sin abotonar, la corbata con el nudo corazón, el pañuelo en el bolsillo como una catarata… todas marcas de fábrica, como el candombe y los tambores que enloquecía al público. Había nacido para eso.
Los clubes, los teatros, los cines desbordaban con multitudes que se cansaban de aplaudir. Cuando actuaba, la policía tenía que cerrar las calles. El sociólogo de turno dirá que era un fenómeno de masas. El tanito de barrio desde el escenario lo resumía con mejor poesía: “Yo soy parte de mi pueblo, y le debo lo que soy; hablo con su mismo verbo y  canto con su misma voz”.
En un día como hoy, pero hace justo 10 años, fallecía Alberto Salvador De Luca, más conocido como Alberto Castillo, el Cantor de los Cien Barrios porteños.
© Pablo Martínez Burkett, 2012

viernes, 20 de julio de 2012

Fachada de Goleador




“En serio chicos, no soy bueno con la pelota”, les dije. Y claro, no me creyeron. Es que en la escuela, había pibes a los que con solo verles las caras, te dabas cuenta que eran buenos jugadores; supongo que conmigo sucedía igual. Tenía el porte, la mirada canchera, las piernas fuertes, las zapatillas rotas; parecía de esos que mataban sus tardes peloteando en alguna placita. Sin embargo, solamente era una fachada, y una cierta intrepidez en mi manera de moverme. Una inmerecida imagen de goleador.
Lo cierto es que yo no había sido bendecido con el dominio del balón. Por el contrario, había sido maldecido.

Cuando me tocaba jugar con mi viejo, y me lanzaba una pelota, yo me despatarraba, me tropezaba, me caía, y si tenía la suerte de patearla, la enviaba hacia cualquier lado. Me aterraba la velocidad con que se avecinaba aquel balón. Lo veía venir surcando el aire como una bola de cañón. Entonces cerraba los ojos, arqueaba mi cuerpo, movía mis piernas y brazos como un energúmeno, y pateaba hacia ninguna parte. Mi padre, que era un gran jugador, se mostraba desolado frente a mi torpeza en el fútbol.

Era nuevo en esa escuela, llevaba tan solo un par de meses con esos compañeros; apenas me habían visto correr en la clase de gimnasia y ya creían que podría ser el delantero de su equipo. “¡Les digo que no juego bien!”, alertaba yo mientras me llevaban arrastrado rumbo a la canchita; tal vez creyendo que me la estaba dando de humilde; pero no; yo jamás, en mis ocho años, había sido tan honesto.

“Nosotros seremos Argentina y ellos Uruguay”, ordenó Gastón, uno de los cracks del colegio. Eso no les cayó nada bien a los rivales, que nos rodearon camorreando, quejándose de que ellos querían ser Argentina. “¿Por qué no somos River y Boca y punto?”, pregunté yo. Todos me miraron como si los estuviese cargando. Lucas me cacheteó la cabeza con saña y respondió: “¡Porque se esta jugando el mundial, tarado! ¡Tenemos que ser de algún país, no de algún cuadro!”. Era cierto, estábamos en la época del mundial; aún así, hoy, treinta años después, me sigo preguntando que tenía que ver una cosa con la otra.

El profesor lo echó a la suerte de una moneda, y resultó que terminamos siendo Uruguay. El partido comenzó, yo corría sin sentido pasando la mitad de la cancha; Matías, que venía con la pelota gambeteando a todos, me vio y gritó: “¡Tomála!”, y acto seguido me pateó el balón. Tomé coraje, pensé en la mirada de mi viejo, cerré los ojos y sin parar la pelota, la patee con toda mi fuerza. “¡Goooooooooooool!”, gritaron. Pero no lo gritaron las voces de mi equipo, sino las del otro. Había clavado la pelota en el centro de mi propio arco, dejando a nuestro arquero totalmente patitieso. Aun recuerdo sus ojos atónitos mirándome.

Aquello me valió una vorágine de insultos; hacia mí, hacia mi madre, hacia mi hermana, y a hacia todo el que llevara mi sangre. Recuerdo que me empujaron, y casi me agarro a piñas con Octavio, pero el profesor nos separó y me envió al arco. Al portal de los perdedores. Allí, naturalmente, me sentí a gusto. Ahora podría hacer lo que mejor me salía: cubrirme.

Los de Argentina estaban más que motivados con un gol a favor, así que se movieron animados, gambeteando, tocando, parándola de pecho, cabeceando, y llegando sin dificultad hacia el arco que me tocaba defender. Una vez ahí, fue uno, dos, tres, cuatro, y cinco goles que me hicieron en tan solo diez minutos. Por fin, terminó el partido, y tuve que salir corriendo de la cancha para resguardarme de esa horda ensañada que corría detrás de mí para liquidarme.

Pude salvar mi pellejo aquel día. La bronca de mis compañeros perduró solo unas horas. Con el tiempo nos hicimos muy amigos. Y claro, jamás me volvieron a invitar a jugar a la pelota.

Hoy sigo viéndome con varios de ellos, y en cada reunión recuerdan ese partido como un momento trágico y vergonzoso de sus vidas; y aun les vienen ganas de azotarme cuando piensan en aquel gol en contra. Nunca se olvidarán del partidito de tercer grado, cuando los de Argentina nos golearon 6 a 0.


Un 20 de Julio de 1902, en Montevideo, la selección Argentina jugó su primer partido oficial. Derrotando a Uruguay por 6 a 0.


Diego Martín Rotondo