jueves, 4 de octubre de 2012

Cárceles




Para ingresar al Gran Museo Universal de las Prisiones, a los visitantes se les vendan los ojos en la puerta de entrada y desde allí son conducidos, a través de pasadizos, túneles, escaleras y elevadores, por guías discretos de manos suaves y pisadas silenciosas. El trayecto es lento y tortuoso, pero de pronto el visitante advierte que está solo, que ya no siente la leve presión de los dedos enguantados orientándolo, y tras unos momentos de desconcierto se quita la venda. Entonces comienza el verdadero recorrido, sin planos ni indicaciones de ningún tipo: la única manera verdadera de experimentar el Museo, insisten los folletos, es dejarse perder y avanzar a tientas, librándose al azar y el capricho. Ningún recorrido es igual a otro, nunca.
La estructura del Museo es confusa, y el encadenamiento de las distintas salas garantiza la sorpresa y el desconcierto. Ante los ojos maravillados de los visitantes se suceden celdas monacales, toros de tortura, mazmorras de piedra ablandada por el musgo, habitaciones tapiadas, pozos en la arena, nichos criogénicos, cavernas insalubres de vapores sulfurosos, damas de hierro, pesadas telarañas de cadenas, pinzas y grilletes, ollas a presión, efigies humanas inflamables, panópticos rigurosos, jaulas químicas de colores y sonidos estridentes. La inventiva parece superarse en cada recodo; el espectáculo podría no tener fin.
El verdadero alcance de estas impresiones, sin embargo, sólo llegan a comprenderlo quienes se extravían en las catacumbas del Museo. Una pendiente apenas perceptible, una rampa en espiral, una escalera empinada o un declive en falsa escuadra, que aparentaba ir hacia arriba y sin embargo... El espacio se abre, la perspectiva enloquece y la escala de las cosas se desquicia, entre luces y sombras de contornos abruptos. Es lo que los guías, entre murmullos, llaman (sin haberlas visto jamás) las Cárceles Imaginarias: un laberinto alucinatorio de puentes, corredores, escaleras a ninguna parte, maquinarias incomprensibles, arcos, puntos ciegos, ruinas y pasadizos, que se yuxtaponen unos a otros en una composición imposible e instauran su propio equilibrio inestable.
El visitante se extravía en esta construcción de pesadilla, que se abre y multiplica sin cesar. Se va adentrando cada vez más en sus entrañas de mortero, metal, piedra y ladrillos. De tanto en tanto, ve a lo lejos a otros como él, pero la distancia y la arquitectura que los separa son infranqueables. Continúa su recorrido. Sólo existe una dirección posible y es cada vez más abajo, más lejos de la luz del sol y las ciudades de la superficie, hacia el centro ilusorio de la tierra.

El 4 de octubre de 1720 nació en la República de Venecia el grabador, investigador y arquitecto Giovanni Piranesi. En sus grabados se representan construcciones reales y fantásticas, monumentos y objetos de la antigüedad romana y diseños originales para muebles y ornamentos. Su serie de las Prisiones imaginarias influyó profundamente en el Romanticismo, el Surrealismo, el cine y muchos artistas del siglo XX, como Escher. 

María Eugenia Alcatena

miércoles, 3 de octubre de 2012

Cabeza mortal, por Juan Guinot


Se encienden los motores, el rugido ensordece, hace que se te paren los pelitos del brazo, que achiques el pescuezo y quieras hacerte bien chiquito. La punta de acero va partiendo el aire, las nubes. La estela hace gris al cielo celeste y sangrante al sol. El primer cohete nazi, cabeza mortal, acaba de trepar cinco kilómetros y, antes de caer en picada, se ha ordenado la réplica en escala para provocar muerte masiva al otro lado del Canal de la Mancha, donde los tipos toman té y conducen sus vehículos al revés del mundo.
En la cabeza de la creación no habrá cerebro. Este hijo dilecto del hombre de la muerte, de piel de acero, tiene por materia gris casi una tonelada de algo que explota feo, muy feo. Con esfuerzo y en la cuesta, a los tipos, la producción le toma dos años. Trabajan cincuenta mil empleados esclavos, de los cuales, veinte mil, mueren en las líneas de montaje.
Entrado el año ´44 salen disparados las cabezas mortales, con sus colas de humo y los rugidos de averno. En Inglaterra las reciben, y se llevan, siete mil almas. Se inaugura, entonces, una era de destrucción sobre blancos civiles, operadas desde sillones distantes y pulcros, en los comandos playstation.
El padre de esa cabeza mortal empieza a negociar la salida del bando de los inminentes derrotados. Tiene dos opciones entre los Aliados. Inicia una negociación feroz y termina acordado con los del tío Sam.  Ellos, los hermanos grandes del Norte, saben cómo robar talentos que traen negocio grande, contante y sonante, sin preocuparse demasiado por el pasado.
Entonces, el padre de la cabeza mortal se pasa a las filas de su enemigo, ahora patrón y aliado, para vomitar todos los saberes de la muerte, esos conocimientos que mutan de bandera solo para seguir ganando la guerra que los de a pie, siempre perdemos.
La cabeza mortal es el cohete V2, parido al cielo del infierno un día como hoy, en el año 1942, por Wermher Von Braun, un nazi devenido en héroe de la NASA.

lunes, 1 de octubre de 2012

Admirable sonido en los sepulcros





ADMIRABLE SONIDO EN LOS SEPULCROS
A nadie le puede extrañar que un meteorito derribe a un satélite. Tampoco puede causar asombro que en su ingreso en la atmósfera, el artefacto no se desintegre del todo. Y es probable que los restos calcinados se estrellen en la superficie terrestre como una lluvia de fuego.
Y eso, exactamente eso, es lo que sucedió. La desgracia se abatió sobre mi cementerio. ¡Ah, claro, omití presentarme! Soy el enterrador del cementerio de Evans City, Butler County, Pennsylvania.
Y créanme que un paisaje de ángeles descabezados y lápidas destrozadas no ha sido suficiente estrago. Según parece, con el meteorito venía un virus del espacio exterior. En la radio están alertando a la población. Dicen que la infección hace que los muertos salgan de sus tumbas. Suena estrafalariamente insano, concuerdo con usted, pero es cierto. Ni me hizo falta escuchar las noticias ¡no señor! Lo ví con mis propios ojos… Cuando se disipó el humo y el polvo, manos putrefactas comenzaron a emerger de la tierra como frutos absurdos, esperando la cosecha. Pronto cuerpos repugnantes iniciaron una torpe procesión.
El primero en perecer fue el pequeño huérfano Timmy O’Malley, que se ganaba unas monedas limpiando los monumentos funerarios. ¡Pobre Timmy! quedó paralizado por la visión de esas fauces babeantes de vísceras y sangre. Cuando quiso correr ya era tarde. No pude hacer nada para ayudarlo...
No le fue mejor a la señorita Barbara O’Dea, sorprendida mientras lloraba a su prometido muerto tiempo atrás. El sheriff O’ Callaghan vació el cargador de su revólver sobre el difunto reverendo O’Hara quien, no obstante, siguió avanzando hasta tajarle el cuello con una delicia macabra.
El aire se había viciado de fetidez y por todos lados se escuchaban sollozos y aullidos. A muchos de los caminantes ya era imposible reconocerlos por el grado de corrupción de sus cuerpos malditos. Sin embargo, con determinación homicida fueron devorando a todos los vivos que en mala hora acertaron atestiguar este amanecer feroz. A todos. No queda nadie más. Soy el último y sé que el eco de mis latidos atrae el apetito de estas bestias insaciables.
Busco refugio en el mausoleo de los Birch. Tranco la puerta con una pala. Advierto con horror que no ha sido la mejor elección. Ya los ataúdes empiezan a moverse con descontrolada avidez. No tengo más arma que un candelabro. Espero que alguien encuentre esta crónica.
En un día como hoy, pero de 1968, tuvo lugar en Pennsylvania, el estreno mundial de la película “La noche de los muertos vivos” una verdadera bisagra en la historia del cine de terror. Este film del director George A. Romero sentó las bases de lo que hoy entendemos por zombis, esos seres incontrolables, sin moral ni remordimiento alguno, siempre hambrientos de carne humana.
© Pablo Martínez Burkett, 2012

viernes, 28 de septiembre de 2012

Un Orgasmo Espiritual




Si me preguntasen como imagino la música en el futuro, les pediría qué me aclarasen: cuantos años en el futuro. Porque mi respuesta, iría variando de manera proporcional a la lejanía de ese futuro. Si hablamos de cien años, seguramente les respondería que imagino una música escueta y monótona, una especie de repiqueteo con pocas variantes armónicas, una austera oscilación entre dos o tres notas acompasadas; una música glacial, digna de un mundo esclavo de un sistema glacial. Pero, si  me preguntasen como imagino la música dentro de mil años, mi respuesta sería harto diferente. Porque de aquí a mil años, considero que habremos logrado una importante evolución espiritual y física; habremos trascendido esa visión dualista que hoy, y probablemente en cien años, aun nos mantenga atrapados dentro de esquemas melódicos, superfluos y predecibles.

Ustedes se preguntarán: ¿de qué demonios esta hablando este tipo? Yo también me lo pregunto; sucede que no tengo una respuesta lógica para esa pregunta; digamos, no una respuesta con palabras coherentes, ya que dentro de mil años, supongo que nuestra manera de comunicarnos habrá de ser muy distinta. Tal vez ni siquiera utilicemos palabras, tal vez ni tengamos una boca para hablar o unos ojos para discriminar entre un color y otro. Tal vez no tengamos oídos y nuestra forma de escuchar sea a través del alma. Si es que aun conservamos un alma, lo cual en un mundo como este, es muy difícil de pronosticar.

Mi imaginación es ávida, pero no lo suficiente como para expresar con palabras lo que imagino que sucederá con la música dentro de mil años. Por ello, ante esa abominable pregunta, respondería… con música. Les haría escuchar un disco misterioso, y les pediría que lo escuchen de principio a fin, sin pausas, con auriculares y en volumen alto. Y luego, invertiría los roles, sería yo el que les pregunte como imaginan la música dentro de mil años. Y posiblemente, observarían el disco, lo harían girar nuevamente, y me responderían: “Así”.

El disco en cuestión sería “Bitches Brew”, de Miles Davis. Un viaje sideral hacia lo más esotérico de la música; un viaje hacia el futuro, hacia el presente, y hacia el pasado en un mismo y turbulento instante. O como lo llamaría en su momento el propio Miles: “un orgasmo espiritual”, un Satori (termino que utilizan los budistas para definir la iluminación); un apagón en la mente y un vacío redentor, como la visión virgen y carente de prejuicios de un bebé recién nacido.

Desde que este hombre tocó por primera vez su trompeta, las cosas cambiaron, el jazz cambió, la concepción de la música cambió, todo se transformó en una deliciosa y caótica tempestad de notas que deslumbraban al oyente, que lo llevaban hacia el abismo de su conciencia; sumido en un deleite de melodías, que más que melodías, parecían ser un lenguaje cósmico, insondable, lleno de vértigo.

En la década del 70, Miles Davis decidió ir un paso más allá de los límites, decidió atravesar la barrera de lo previsible y embarcarse en un viaje del que no le sería posible regresar. Este hombre negro, de facciones bruscas e intimidantes, de voz aguda y ronca, había descubierto la forma de viajar en el cosmos a través de su instrumento. Escuchar su música y tratar de juzgarla, es un acto blasfemo. Su música no es para ser entendida, no lo fue hace cuarenta años, no lo será dentro de cien años, y tampoco, dentro de mil años.


Un 28 de septiembre como hoy, pero de 1991, en Santa Mónica, California, a los 65 años de edad, moría el trompetista Miles Davis. Quien pasaría a la historia por sus geniales composiciones, y por el sonido característico de su instrumento. Autor de “Kind of Blue”, el disco más vendido en la historia del jazz. Y también, artesano y cabecilla de ese viaje cósmico y alucinógeno llamado: “Bitches Brew”


Martín Kaos

jueves, 27 de septiembre de 2012

La misión



     En el Sol 84 de la misión, la base terrestre perdió el contacto con la plataforma de aterrizaje. Una última fotografía, después nada: el silencio del espacio. A lo largo de los cinco meses siguientes los técnicos intentaron restablecer las comunicaciones, hasta que finalmente se rindieron. Nunca dejaron sin embargo, durante ese lapso o después, de observar esa última fotografía, ni ella a ellos. Ampliada, escaneada, ploteada, iluminada, convertida en maqueta, la imagen se repetía por toda la base. Pronto empezaron a verla en las manchas de humedad, las sombras del follaje, sus sueños, todas partes.
Pasaron años hasta que otra misión pudo enviarse al planeta. Se asentó en las Planicies Doradas, a un centenar de metros de la plataforma anterior. Durante los primeros Soles, el nuevo robot realizó incansable las tareas de rutina para las que había sido programado: reconocimiento del material rocoso, recolección de muestras del polvo de óxido que tiñe ese otro cielo. En el Sol 34, por fin, ocurrió el hallazgo: nítidas e inconfundibles entre las piedras, las huellas de Viajera, el robot explorador perdido de la misión anterior. Huellas demasiado precisas, recientes.
El rastro activó un programa secundario en el robot recién llegado. Focalizó sus sensores en la doble línea de ruedas y la siguió, más allá del Valle de la Guerra, a través de cráteres de impacto, campos de lava y dunas de arena, sorteando pedregales y canales sinuosos. La base terrestre recibía regularmente las fotos de esta persecución esquiva, que se adentraba cada vez más en lo desconocido. En un momento el explorador volcó, obstaculizado por el cauce reseco de lo que alguna vez fuera un río. La situación requería maniobras delicadas; pasó un Sol entero hasta que el robot volvió a enderezarse. Las huellas lo estaban esperando, de bordes claros y profundos. Si hubiera tenido la capacidad, habría tenido la certeza de que Viajera había estado esperándolo; lo cierto es que algo sintió, y aceptó la invitación.
El explorador incrementó la velocidad, al borde de su potencia. Sus lentes capturaban imágenes incongruentes, cada vez más espaciadas y confusas: dunas azuladas, nubes amarillas, rostros en el polvo, túneles, cristales de hielo suspendidos en el aire, sombras borrosas. La carrera seguía, cada vez más urgente, en dirección al polo; los comandos que se le transmitían desde la base terrestre no obtenían ninguna respuesta. Los técnicos no podían hacer otra cosa que esperar sus fotografías e intentar armar el rompecabezas; sobre el piso de la sala de mandos se fue armando un dibujo incongruente y extraño, de paisajes y colores cada vez más raros capturados no sabían dónde.
Las comunicaciones se fueron deteriorando. Las últimas imágenes estaban sucias, desenfocadas o incompletas. Cuando ya creían que habían recibido la última, los sorprendió un chirrido. Ampliaron la fotografía, la retocaron y limpiaron todo lo que pudieron. En el ángulo superior derecho parecía asomar Viajera, con su doble fila de ruedas tan primitiva ahora. Ocupando el resto del cuadro, repetida una vez más, la imagen con la que soñaban todas las noches.

      El 27 de septiembre de 1997 se perdió el contacto con el Mars Pathfinder, la primera misión a Marte que incluyó un robot de eploración. Para entonces había estado transmitiendo imágenes y datos de la superficie del planeta rojo durante casi tres meses. En el 2003 el robot explorador de la misión, llamado Viajera, fue incluido en el Salón de la Fama de los Robots.

dibujo de Joaquín Bourdeu Barassi
texto de María Eugenia Alcatena

miércoles, 26 de septiembre de 2012

Campana del infierno, por Juan Guinot


El perro esta muerto de hambre. Lleva veinticuatro horas sin probar un bocado. El dueño, al otro lado de la cucha, lo provoca con un pedazo de carne. El perro lo mira con casi nada de amor. El tipo da un portazo, lo deja solo. El perro se lengüetea los cuartos traseros. Mas que  afecto a la limpieza, su dedicación parece estar sometida al estudio de la deglución de su miembro inferior. A la hora, la puerta se abre, el hombre vuelve a pasar sobre la cucha con el pedazo de carne. El perro se da cuenta. Pero es tarde, el  patrón sale disparado.
Por  la noche, algo cambia. El dueño aparece con el mismo trozo de carne en la mano derecha y en la izquierda, trae una campanita. El perro esta casi decidido a comerse al patrón a tarascones limpios cuando escucha el tintineo de la campana y luego, la mano derecha que se abre y el trozo de carne cae al suelo. Las cuatro patas van a la carrera, caza el pedazo de carne y se lo come de un solo mordisco.
Llega la noche. El pobre pichicho sigue con hambre. Se duerme.
En la madrugada, con la casa a oscuras, aparece el sonido de la campana. El perro babea, con broncas, se imagina la mano de su patrón, devenido en entretenedor musical, para comérsela. Sale de la cucha y, ve al patrón con un trozo de carne que tira al suelo. Va por la comida, desestima la idea de ir por el hombre. Empieza a aceptarlo con ese temita de los gustos por la campanita, piensa, el perro, si total, con seguirle el jueguito sádico logra su comida, que el pobre hombre haga lo que quiera. Y pasan las jornadas, el perro se llena la panza y, hasta babea para hacerle creer al tipo que esta enfurecido si no le da la comida.
El dueño lo anota todo en una libreta. Lo pasa a papeles prolijos. Lo lleva a la universidad. Se hace famoso y hasta recibe un Nobel, y todo por el experimento del perro y la campanita, ese que demuestra que los seres vivos reaccionan hacia el objetivo propuesto de acuerdo al estimulo. El tipo, enraizado en el sadismo, con ese papel cientificista acaba de abrir, para los hombres, las puertas de la manipulación social por cuanto medio, en el futuro, la especie desarrolle.
El perro come y come. El hombre, un tal Pavlov, acaba de abrir la puerta del conductismo.
El Senor Pavlov nació en Riazan, justo hoy, hace 163 anos.

lunes, 24 de septiembre de 2012

Sin el permiso del Rey





SIN EL PERMISO DEL REY
Yo quería plantar un árbol. Quería plantar un laurel y nomás verlo crecer, que fuera cobijo de los pájaros del cielo y de mis penitas, también. Y quizás ustedes ya no lo recuerden, pero en aquellos tiempos había que pedir permiso para todo. Hasta para plantar un árbol. Que el bando tal, que la real cédula cual. Sí, pa’ todo había que pedir permiso. Hasta pa’ ser libre. En el Río de la Plata, la cosa era así.

El Cabildo pidió autorización al virrey y el virrey escribió a España. Mientras tanto, yo planté el árbol y estuve esperando un año, pero se pasaron diez. ¡Viera mi laurel, estaba de grande… y la sombra que daba! Soportó bravo las Invasiones Inglesas. Hasta que llegó el decreto: ¡Qué se tire abajo el árbol que crece a espaldas del Rey! Eso fue demasiado…Enseguida vinieron las agitadas jornadas de mayo, la Revolución contra el rey Fernando VII. Si no hubiera sido por el árbol, no sé de qué lado hubiera estado… pero esa afrenta a la libertad no la podía sufrir y me uní a la milicia.

Me enrolaron en el Ejército del Norte. Al principio no me fue bien. Apenas si salvé la vida en la batalla de Huaqui. ¿Pero qué quiere?, si ese Castelli no sabía ni de qué lado disparaban los fusiles. Fue un verdadero desastre. Es triste decirlo, pero pa’ mí que en Buenos Aires no se tomaron muy en serio el asunto o no les importó perder todo el Alto Perú, porque pa’ pior, mandaron de reemplazo a un general abogado, muy buena persona, pero con poco de militar. Eso sí, nos hizo jurar una nueva bandera, celeste y blanca, tan bonita. Diga usted que se supo rodear de unos mozos bien entendidos en el arte de la guerra, porque si no, éramos otra vez comida e’ los caranchos.

Pronto tuvimos noticia de que los godos marchaban victoriosos y confiados hacia el sur. El general Belgrano ordenó el repliegue de los pueblos, dejando tierra arrasada. La instrucción del Triunvirato era clara y precisa: costearse hasta Córdoba y recién ahí enfrentar el avance realista. Sin embargo, algunas escaramuzas favorables alentaron un cambio de planes. Y desobedeciendo la orden del gobierno, el general mandó a sus lugartenientes a la ciudad de Tucumán para plantarse ante el invasor. ¡Ese día se ganó nuestro corazón: no era de buen criollo abandonar esa gente a la mano de Dios! Los tucumanos nos recibieron con unos 400 hombres de a pie, sin más armas que sus ponchos y sus lanzas, pero con un coraje que emocionaba. Se celebraron algunos parlamentos y pronto nos allegaron unos gauchos de a caballo, con parque y provisiones.

La batalla era inminente, ya se oían los tambores enemigos. Prendimos fuego a los pastizales y con la humareda, el ejército agresor se desordenó. La artillería los puso a parir, pero igual se nos vinieron a bayoneta calada. Belgrano ordenó responder con una carga de infantería por el centro del ataque. Mientras tanto, nuestros Dragones les hacían un estrago tremendo en el ala derecha, atravesando a los maturrangos como pollos: Pero del otro lado del frente, sucedía a la inversa y el avance de la caballería y la infantería realista era imparable. La batalla se volvió harto confusa y los que retrocedían demolidos de un flanco, eran los que avanzaban triunfantes por el otro. Fue preciso replegarse hasta la ciudad, pero lo hicimos cargados con los cañones y el parque que les tomamos a los godos. También les capturamos las banderas de tres regimientos y varios cientos de prisioneros. Fueron llegando las otras tropas patriotas, con el Coronel Moldes, Balcarce y José María Paz y nos hicimos fuertes en las trincheras que se habían preparado para la defensa.

El brigadier Juan Pío Tristán, el jefe realista, amagó un par de entradas pero sofrenó la carga apenas nuestros primeros disparos. Quiso hacerse el héroe, el maturrango ese, y nos intimó a rendir la plaza, bajo amenaza de incendiar la ciudad. El coronel Díaz Vélez le recordó que las tropas de la Patria ya lo habían vencido y lo invitó a que tuviera el coraje de prender fuego a una sola casa, amenazando con degollar a todos los prisioneros. Mientras Tristán decidía el curso de acción, las tropas del General Belgrano se le aparecieron por retaguardia y fue a su vez, intimado a rendirse, por lo que el español abandonó el campo de batalla. ¡La gloria de la jornada era nuestra!

Ese día fue de celebración, se dijo misa y hasta el alba, hubo gran fiesta en los fogones. Yo contribuí con lo mío, tocando varias canciones con mi guitarra de laurel. Si, con la guitarra hecha con madera de mi laurel.
En un día como hoy, pero de hace doscientos años, se libraba la Batalla de Tucumán. Las tropas realistas doblaban en número y experiencia a los patriotas, que hasta ese momento venían huyendo. Es el combate más importante de la Guerra de la Independencia, porque si el general Belgrano hubiera acatado la orden de Buenos Aires de retirarse hasta Córdoba, se hubieran perdido definitivamente todas las provincias del norte, tornando muy incierto el futuro de la naciente Revolución.
© Pablo Martínez Burkett, 2012

viernes, 21 de septiembre de 2012

El Arte del Miedo




El terror es ese instante en el que uno sabe que no esta soñando; que no hay escapatoria, que solo resta pelear contra una imagen, sin evadirla, aun en la desesperación, aun en el silencio abrumador de la incertidumbre.

Se puede atemorizar a través de la imagen, eso es fácil; pero hacerlo a través de la prosa, valiéndose de argumentos estratégicos, personajes pérfidos y escenarios inhóspitos, despertando así los demonios del lector, llevándolo de paseo por las tinieblas de su imaginación; eso no es tan simple; porque requiere de una prosa auténtica y  convincente. Requiere de un escritor que conozca: “el arte del miedo”.

Billy es un abogado obeso que conduce su auto por una avenida, es casi medianoche, a su lado, su esposa, algo bebida, comienza a masturbarlo. Billy se excita, pierde la atención en el camino; una anciana cruza la calle, Billy la atropella. La vieja –que pertenece a una comunidad de gitanos– muere sobre el asfalto. Se lleva a cabo un juicio, pero todo el pueblo esta a favor de Billy, “el ciudadano ejemplar y buen americano”. El juez dictamina su inocencia; a nadie le interesan los derechos de esos sucios gitanos. Al salir del juzgado, Billy es sorprendido por un anciano de la comunidad que le acaricia el rostro y le dice: “más delgado…”. Con el pasar de los días, el obeso Billy comienza a perder peso de manera alarmante, hasta quedar en un estado raquítico. Ahora, en la agonía, debe ideárselas para encontrar al viejo gitano que deshaga el hechizo.  

Jessie viaja con su marido Herald a su cabaña de fin de semana. Allí, solos, en la verde frondosidad del bosque, sabiendo que no existe un alma humana en varias hectáreas a la redonda, deciden perpetrar su fantasía. Herald esposa a su mujer a los barrotes de la cama; aquello resulta excitante para ambos. Pero en un movimiento imprevisto, Herald cae hacia atrás y muere. Jessie queda esposada a la cama, sin nadie que pueda escucharla y socorrerla. Con el pasar de las horas, el pánico se apodera de ella, comienza a sobrevivir dentro de sus recuerdos, mientras que intenta liberarse sin éxito de las esposas. Pasan días, la desesperación comienza a enloquecerla. Un misterioso perro la visita, luego, una extraña presencia humana. 

“¡Desesperación absoluta!”

De esa misma desesperación, también será presa una mujer y su hijito asmático, atrapados en un auto averiado, en medio de la nada, asediados por la furia de “Cujo”, un perro infectado de rabia que estrella su cabeza una y otra vez contra las puertas y el parabrisas del auto, provocando pánico y ataques de asma en el niño. La madre, histérica, sabe que no puede salir del auto para salvar la vida de su hijo, y tampoco puede quedarse en el interior del mismo mientras el monstruoso perro, con salvajes embestidas va destruyendo de a poco el vehiculo que los refugia.

Paul Sheldon, afamado novelista, maneja su auto por una carretera rodeada de nieve, en un instante pierde el control y se desbarranca, dando vueltas y quedando atrapado en el interior de su auto destrozado. Pero alguien llega para socorrerlo, se trata de Annie, una mujer de mediana edad, que casualmente resulta ser su más asidua lectora. Lo lleva a su casa, lo cura y lo atiende. Con el pasar de los días, Paul comienza a notar que Annie es una mujer perturbada, y a lo largo de su convalecencia, con ambas piernas rotas, deberá sufrir los dementes ataques de su más ferviente y sicótica admiradora.

La desesperación, el encierro, la desolación, y la imposibilidad de una huida. La estrategia recurrente y siempre atinada de un maestro del horror. Que con estas pocas que he citado, y otras tantas geniales novelas, ha perturbado y encantado a millones de lectores en todo el mundo.

Un 21 de septiembre como hoy, pero del año 1947, en Portland, Estados Unidos, nacía el escritor Stephen King, uno de los novelistas más leídos del mundo, creador de un sinfín de historias de suspenso y terror, muchas de las cuales fueron llevadas al cine casi con el mismo éxito que tuvieron en sus libros. 



Martín Kaos