jueves, 20 de septiembre de 2012

Jaurías




     Los signos son claros: el follaje se va tornando rojo y dorado, las ramas se desnudan, lo pastos ralean, el piso se vuelve más duro y crujiente, las aguas corren lentas, los animales construyen refugios y acopian alimento. El invierno está cerca, y todo parece anunciar que va a ser particularmente largo.
Desde el corazón helado de las tierras salvajes, al otro lado del Gran Muro, soplan sobre los Siete Reinos vientos gélidos de hambre y muerte. Los lobos olfatean el aire, inquietos, y gruñen. Están nerviosos. Hay algo más en el viento esta vez; algo antiguo y malvado, que debería permanecer muerto pero no lo está y marcha sin cansarse, día y noche, como un ejército de espectros. Los lobos descubren los dientes, pegan dentelladas al vacío, se agrupan en jaurías cada vez más grandes y esquivas que aterrorizan a los caminantes.
También en los bosques oscuros de la mente los lobos aúllan y corren. Desentierran secretos mal escondidos, se refugian en el calor áspero de la manada, se atacan entre sí, protegen a sus cachorros, hunden sus colmillos en la sangre humeante de sus hermanos, se lastiman, se celan, despedazan a sus presas, se arrojan al centro de las trampas. La inminencia del invierno y la guerra, que está en todas partes, los desquicia.
Afuera, mientras tanto, en los caminos y castillos de los Siete Reinos se tejen y destejen alianzas, intrigas, traiciones, batallas, bodas, venganzas y caídas. Los mercenarios, las prostitutas y los señores se venden al mejor postor; si algún personaje sube, es sólo para caer desde más alto después. Sin embargo, no son estos los peligros más grandes. “Las cosas que amamos son las que terminan destruyéndonos, siempre. No lo olvides, muchacho”, repite un hombre sabio. “Puede ser el amor por una mujer, la familia, el honor, el poder, el dinero, la comida, la crueldad; siempre, en el fondo, es el amor. Es eso, y no otra cosa, lo que nos hace débiles”.


      El 20 de septiembre de 1948 nació George Martin, escritor estadounidense de literatura fantástica, ciencia ficción y terror. Es el autor de la saga Canción de hielo y fuego, en la que se basa la serie de televisión Juego de tronos. Según su plan la saga abarcará siete libros, de los que lleva publicados los primeros cinco.

dibujos de Fernando Calvi
texto de María Eugenia Alcatena

miércoles, 19 de septiembre de 2012

Capa de Tierra, por Juan Guinot




A mitad del almuerzo del domingo dije que había vuelto a ver a Capa de tierra sobre la barranca del río. Los cubiertos de mamá golpearon  sobre su plato cargado con puchero de gallina y me encaró: “Cortála con esa historia”.  Bajé de la silla, levanté mis cubiertos de la mesa. Papá en silencio, no le quitaba los ojos a la comida. A él no lo conmovían mis historias cuentos de esa tierra suspendida en el aire que envolvía una cabeza de pelos negros y que se aparecía en la costa de enfrente del río.
Esa misma tarde me fui a pescar. Caminé casi una hora costeando, en dirección del Oeste y aparecieron las barrancas de casi dos metros, mi lugar preferido. Desde la altura tiré a la costa mi caña y el tachito con las lombrices que había sacado del gallinero. Me lancé en trampolín por la pendiente de tierra floja y, a la vera del río, me reencontré con mis cosas.
La tarde de primavera venía ventosa. Los sauces de la otra costa golpeaban con sus  ramas el río y salpicaban a las tortugas echadas al rayo de sol.  Los juncos frenaban la correntada y mi boya ni se movía. Solo el sedal hacía panza en el aire cuando venía una racha de viento.
Clavé la caña en la arcilla y, para matar el tiempo, me puse a tirar piedras a la barranca de enfrente. Fue cuestión de segundos, pero mientras la potencia de mi brazo confluía con  la superficie jabonosa de la piedra en mi palma, mi mirada descubría que, sobre la barranca de enfrente, se corporizaba  Capa de tierra y, lo peor, mi piedra, siguió por sobre la barranca y perforó al aparecido.
Pensé en escapar, pero Capa de tierra me habló con voz de trueno: “¡Sabandija!”. Un frío recorrió mi espalda. En ese momento la boyita de corcho empezó a dar vuelta en círculos, la tanza estaba tensa y  la caña de tacuara se curvaba. Me afirmé a la caña. El viento empezó a soplar enfurecido y las ramas de los sauces latigueaban sobre la corriente y empapaban los caparazones con las cabezas de las tortugas metidas en ellos. Mi presa hacía fuerza, clavé los talones y un nuevo tirón me llevó a sentarme de traste y meter los pies en el agua, pero nunca solté la caña. Mis talones, bajo el agua, se clavaron en la costa, tiré con fuerza de mi caña y una anguila con cabeza de ratón saltó del río prendida a mi anzuelo, escribió una “ese” en el aire y su lomo espejó el destello anaranjado de la tarde. Cayó de nuevo al agua, nadó con fuerza, me doblé al medio, besé con mis labios el río cuando una mano firme me agarró de los fundillos y  me llevó para la barranca. Mi puño apretaba la mitad partida de mi caña de tacuara y la otra mitad flotaba contra corriente a la velocidad de una flecha.
Achicando el cuello para prever algún castigo mágico, oí, “¿Te lastimaste?”, era la voz de quien me había gritado, desde la barranca. Torcí el pescuezo y la cara del aparecido: el Capa de tierra era el director de la escuela municipal, Florentino Ameghino.
Florentino Ameghino, fue director de la escuela municipal de Mercedes. En las costas del río Lujan efectuó grandes hallazgos arqueológicos. Florentino Ameghino nació un día como hoy, del año1854.

lunes, 17 de septiembre de 2012

Recuperar las raíces




RECUPERAR LAS RAICES
Lo despertó un rayo de sol. Pensó que estaba amaneciendo. Le costó un rato entender que era el ocaso. No había dormido tanto. O sí. Sentía en sus huesos el peso de un sueño eterno. Hacía años que no lo asaltaba esa sensación abrumadora, ese ahogo al respirar. Gabriel hizo memoria.
La primera vez que se sintió así fue cuando su madre decidió no hablarle más. Un castigo excesivo, sin dudas, pero no desde la asfixiante perspectiva de una idishe mame. Es que Shoshana, que así se llamaba la autora de sus días, siempre quiso que fuera un Hasan, la persona que guía los cantos y lleva el orden de los rezos en la sinagoga. Que su único hijo varón hubiera decidido estudiar otra cosa, ¡con esa voz!, pero que además… que pensara mudarse desde su Moises Ville natal a Buenos Aires, directamente, ¡era un sacrilegio! Saúl, su padre, era un hombre bueno, que siempre lo apoyó. Ambos se miraron, anticipando la escena. Su madre se turnó con la bove Rivka, para montarle escenas que iban desde el llanto hasta el desmayo, desde el grito lastimero hasta la abierta manipulación. Pero Gabriel igual se fue.
Vivir en la gran ciudad no resultó fácil, pero finalmente se recibió de psicólogo. Y más allá del enojo de su madre y su abuela, siguió respetando las tradiciones. No es que fuera un fanático ortodoxo, pero asistía con regularidad al templo, cumpliendo con las festividades religiosas y observaba los mitzvot, los numerosos mandamientos de la religión judía. Y no lo hacía por un mandato infantil sino como una decisión adulta de identidad y pertenencia.
La segunda vez que sintió angustia semejante fue cuando se enteró que por una malformación congénita, necesitaba una operación de corazón. Los médicos le dijeron que tenía un 50 y 50 de chances. Y si sobrevivía, le iba a quedar el pecho partido al medio, como un animal sacrificado en el altar de un dios sordo y mudo. La desgracia le permitió recuperar el diálogo con su familia, pero lo llevó a renegar de su fe. Había sido toda la vida un hombre piadoso ¿y así le pagaba Dios su devoción? Y aunque se padre puso todo el empeño, no hubo ejemplo de la Torá que lograra disuadirlo. Esa vez, esa vez, el llanto de su madre fue genuino.
Sobrellevó con éxito la operación pero igual abdicó de su religiosidad. Y se mudó a Nueva York, para olvidarse de todo, aún de quien había sido. Y fue un profesor más, en una oscura cátedra de una no menos oscura universidad. Pero no halló la liberación que buscaba. Fue otra forma de extraviarse, de vagabundear sin sentido.
Hasta que el viernes pasado, a la tardecita, subía distraído por las escalinatas de la Biblioteca de Nueva York. Una anticipación del otoño lo obligó a calarse un gorro de lana hasta las orejas. Llevaba la barba de varios meses. Absorto con sus pensamientos, se chocó con alguien que bajaba. Con la típica cortesía noyorkina, el otro muchacho rápidamente se excusó y al mirarlo, agregó: ¡Shabat Shalom!, el saludo ritual para el inminente sábado.
Al principio se sorprendió. Había procurado borrar toda posibilidad de identificación. No se imaginó cómo o por qué le había dicho eso. Al volver la vista, la maraña de gente que camina a esa hora por la 5° Avenida y la calle 42 ya se lo había engullido. Sin embargo, fue como si ese muchacho hubiera pronunciado las palabras de un hechizo liberador, porque empezó a escuchar el llamado de la sangre, las infinitas voces de un pueblo milenario que lo aguardaba con paciencia y delicadeza.
Con el advenimiento del fin de semana, la ciudad se preparaba para celebrar Rosh Hashaná, el inicio del año judío, celebración que contiene la vida y el sustento de todo el ciclo por venir. Y es una de las tantas oportunidades de volver a Dios. Gabriel recordó su infancia, su educación, su credo. Y lloró, pero con lágrimas de felicidad. Así se durmió. Se despertó dos días después, cuando el último rayo de sol se escondía tras el perfil dorado de los edificios.
En algún lado, creyó escuchar el sonido del Shofar, trompeta hecha con el cuerno de carnero que, conforme es creencia, Dios hará sonar, como el pastor que agrupa a su rebaño, convocando a todo el pueblo disperso para iniciar el regreso a la Tierra Prometida. Y entonces Gabriel, escuchó la voz de su Dios.
Hoy es el segundo día de la fiesta de Rosh Hashaná, el año nuevo judío. Todas las festividades del pueblo hebreo comienzan con la puesta del sol del día anterior a la fecha indicada. Para estas fechas señaladas, los miembros de la colectividad judía se desean "Que seas inscrito y sellado para un buen año, para una buena vida". No importa en qué crea cada quién. Ni siquiera si cree en algo. Siempre es bueno que nos deseemos estar anotados entre los que van a tener un buen año. Siempre es un buen día para volver a eso.
© Pablo Martínez Burkett, 2012

viernes, 14 de septiembre de 2012

“Veintisiete y Muerte”



Lisboa, Portugal, año 2008. En el estadio, el público –enardecido– corea su nombre, reclama su presencia. Ella sale, lleva un pañuelo marrón en la mano; algo anda mal. Los músicos se miran entre sí, ejecutan los primeros acordes, ella delira, se tambalea, intenta sostenerse del micrófono. No se decide a cantar, el público sabe que esta ebria, tal vez drogada; pero la adoran, y aplauden, y saltan, y alientan; se escuchan aullidos, gemidos, declaraciones de amor; ella se muestra ofuscada por las luces, apenas puede mantenerse en pie, comienza a cantar, horriblemente, desentonada, trémula, haciendo pausas, olvidándose la letra; el público la ayuda, sus músicos la ayudan, quieren que despierte, quieren que vuelva a en sí.

La chica tatuada, macilenta, de cabellera negra, con ese enorme rodete sostenido por un broche rojo con forma de corazón, con su vestido de muñeca antigua, se encuentra a punto de colapsar en el escenario; pero lo intenta, sabe quien es, sabe que la aman; por eso, aun ebria, aun drogada, aun sumida en su averno predilecto, intenta hacer lo que mejor le sale: cautivar al público con su voz.

Desde abajo del escenario no la ven a ella, ven a un títere que intenta imitar a una mujer, una inocente niña de 3 años queriendo bailar, moviendo sus piecitos desarticulados, con cierto encanto, pero con torpeza, con el cuerpo desligado de su mente.

Benicássim, España, año 2007. Sin mirarla, uno la cree negra. Mirándola, escuchándola, uno no logra concebir que sea blanca. ¿De donde sale esa voz? Ese contralto no puede salir de la garganta de esa joven blanca, dirían muchos. Es blanca si, pero parece negra, o tal vez, sea mestiza, o tal vez sea la genética, o…

Lo “Asombroso”, requiere respuestas que no necesitan ser respondidas…

Se la ve muy delgada, lleva puestos unos shorts blancos, muy cortos; una blusa color arcilla que deja su escuálida cintura al descubierto. Los ojos excesivamente delineados, las pestañas demasiado largas. Canta Soul, Blues, canta la música de los negros, muchos dicen que parece Sarah Vaughan, otros que parece Macy Gray; pero no, es una chica británica, blanca; aunque su belleza sea negra, aunque su talento sea negro.

Su voz es irresistible, sus canciones son irresistibles; algunos se atreven a afirmar que posiblemente sea una de las mejores cantantes del mundo. Sus discos se venden, se agotan; sus brazos tatuados, su pelo negro abultado, todo se transforma en un emblema del soul, del glamour. El mundo la adora, enloquece con su voz de mujer blanca que parece negra.

Dios es macabro a veces, y hace caer la fama sobre alguien como si fuese un yunque de cien kilos. Y en el caso de ella, la fama fue equivalente a su talento. Extraordinario, imposible de sostener; salvo con alcohol, salvo con drogas.

Londres, año 2011. La policía británica la encuentra muerta en su apartamento. Había bebido más de lo que un cuerpo humano podía soportar. Tenía 27 años.

Al igual que Jim Morrison, Janis Joplin, Jimi Hendrix, Kurt Cobain y Robert Johnson, la cantante Amy Winehouse dejó el mundo a los 27 años de edad. Muchos le llaman: “La Maldición de los 27”. Aunque posiblemente no se trate de una maldición, sino, de haber vivido más de lo adecuado, de haber ofrecido en poco tiempo, lo que a muchos les toma una vida entera ofrecer.

Un 14 de septiembre como hoy, pero en 1983, en Londres, nacía Amy Winehouse, cantante y compositora, dueña de una voz asombrosa, inigualable; con marcadas influencias de las grandes cantantes negras de soul, jazz y rytmn and blues.


Texto y Pintura: Diego Martín Rotondo

jueves, 13 de septiembre de 2012

Pesadilla



     Las suelas de las zapatillas resuenan magnificadas contra el asfalto. Jack mira para los costados, se acomoda el jopo: no hay nadie. Las calles están vacías, nada se mueve detrás de las ventanas. Sigue caminando. Girando una esquina de pronto aparece, impensada, una feria de atracciones iluminada por lamparitas de colores. También está desierta; Jack se pasea entre las carpas y los juegos inmóviles, esquiva o patea los papeles, los algodones de azúcar, las guirnaldas y los pocholos pisoteados en el suelo. Todo está ligeramente sucio y gastado.
     Una casilla lo atrae; por los bordes de la ventanilla chorrea sangre espesa. No sabe por qué, pero no lo puede evitar, pide una entrada. Desde la oscuridad de la cabina asoman unas garras de metal que se la deslizan sobre el mostrador.
     Jack se sube al trencito y comienza el recorrido. Se abre el primer par de puertas: lo envuelven paredes palpitantes de carne, sangre y tejidos, y un olor que le da náuseas. Cada vez más rápido, el coche atraviesa el segundo par de puertas: a su alrededor, escenas de crueldad y tortura, miembros amputados, llantos de dolor. Todo demasiado rápido como para llegar a discernir nada, empastándose unas con otras. Hay un chirrido en el aire, y a medida que la velocidad aumenta se vuelve más alto, más agudo y estridente. Jack siente que los oídos se le hinchan, les crecen púas, le perforan el cerebro, están por reventar. Tercer par de puertas. El tren se lanza a toda carrera contra una pared de ladrillos. Jack espera que el mecanismo se active, que la pared se abra, se alce, se corra a un costado, pero nada. La pared sigue ahí.
     En el instante en que el coche se estrella y deshace contra los ladrillos, Jack se despierta gritando en su cama. Asoma el pie para ir al baño, pero no hay piso y cae, cae, cae. Aterriza sobre una superficie tenue, elástica y pegajosa. Mientras intenta ponerse de pie, ve flotando contra la bóveda del lugar un centenar de globos amarillos, rojos y violetas; en su interior se traslucen los cadáveres de todos los chicos desaparecidos de Springwood. La telaraña tiembla; corriendo sobre su red, avanza hacia Jack una tarántula inmensa y peluda, batiendo sus mandíbulas. Jack hurga desesperado en su campera de jean y arroja lo primero que encuentra. La araña estalla en mil fragmentos, salpicándolo todo con una baba verde y viscosa. Sin perder un momento, las mismas garras de antes asoman por un costado y cortan las puntas del tejido.
      Jack vuelve a caer.
   Se suceden distintos escenarios. Jack esquiva sierras eléctricas, asesinos enmascarados, seres queridos vueltos de la tumba, muñecos diabólicos, cenobitas, gemelas fantasmales, payasos de dientes filosos, garfios oxidados, manchas depredadoras, híbridos de secreciones corrosivas.
     Por último, llega al caserón clausurado que todos en Springwood evitan. Abre la última puerta, la que conduce al sótano. Su anfitrión lo espera tamborileando con sus garras metálicas sobre la mesa.

      El 13 de septiembre de 1991 se estrenó Pesadilla 6: la muerte de Freddy, una película con más humor que terror y un argumento bastante tirado de los pelos. No fue -desde ya- la última aparición de Freddy en la pantalla grande.

dibujo de Ricardo de Luca
texto de María Eugenia Alcatena